Eduardo Torres-Cuevas, como fecunda semilla

hilosdirectos

Las cenizas del insigne intelectual fueron depositadas en el Jardín Madre Teresa de Calcuta, una ceremonia solemne que acompañaron Marydé Fernández, vicejefa del Departamento Ideológico del Comité Central del Partido, e Inés María Chapman, vice primera ministra.

Autor: Madeleine Sautié

«Amo a Cuba por sobre todas las cosas», se lee en la lápida que acompaña las cenizas del insigne intelectual. Foto: Tahimi Martínez Toledo.

El pasado domingo una noticia enlutó al país. El doctor Eduardo Torres-Cuevas, respetado intelectual y excelso cubano a toda prueba, se despedía del mundo dejando un aura de consternación en familiares, colegas y amigos, y también en personas que, aun sin haberlo conocido, supieron apreciar el mérito de este martiano raigal que, para consumar los mandamientos del Apóstol, cumplió con el deber de su tiempo «sencilla y naturalmente».

En muchos sitios y proyectos fue esencial la presencia de Torres-Cuevas; en todos dejó su rastro limpio y recto, como para que lo tomaran en cuenta los que lo sucederían. Se nutrió de las virtudes de los héroes y hombres de pensamiento que tanto veneró. Amó cada espacio en el que se le pidió estar, educando a sus compañeros, instruyéndolos, sin vanidades ni estridencias. 

Más o menos en estas cosas se piensa, momentos antes de iniciarse la ceremonia familiar en que fueron colocadas sus cenizas –resguardadas en una cajita sencilla, sin más atuendo que un escudo patrio–, en el Jardín Madre Teresa de Calcuta, a un costado del Convento de San Francisco de Asís, del Centro Histórico habanero.

La tarde se ha opacado un poco, no es tan azul el cielo, como suele verse siempre. Hasta allí han llegado familiares y personas asociadas a las instituciones que condujo. Los rostros se perciben abatidos.

Patricia González Díaz, su amada esposa, sostiene la urna, próxima a depositarse en el sitio previsto. Descansará allí, junto a grandes hombres como él, cuya talla se expresa en el valor de su obra; entre ellos Eusebio Leal, entrañable amigo, almas gemelas en la afanosa disposición de hacer de sus días Patria, palabra que nunca pronunciaron sin que con ello se les estremeciera el pecho.

Patricia se inclina para colocar, despacio, la urna. Alguien acomoda, cuidadosamente, la lápida. Entonces ella agradece y solo alcanza a leer aquellas palabras que se han grabado en la piedra, las mismas que nos impresionaron hace dos días, cuando supimos lo que Torres-Cuevas dejó plasmado en su testamento: «Amo a Cuba por sobre todas las cosas, le entregué lo mejor de mí, y solo lamento abandonarla en tan difíciles circunstancias».

Los presentes se secan las lágrimas. En el silencio, se escucha un sollozo, que otros han reprimido. Las flores llueven sobre la piedra. Alrededor, como si nos hablara, el viento mueve la hierba.

Este 4 de septiembre cumpliría Eduardo Torres-Cuevas 83 años, y es la fecha en que el azar, que no parece inocente, reserva para el sentido momento.  Viene a la memoria, como para hacer la reverencia, aquella sentencia del Martí que lo animó en sus tantos emprendimientos: «Mi verso crecerá: bajo la yerba, yo también creceré».

Los grandes hombres no se dispersan en el éter ni en la humedad en que reposan sus cenizas. Crecen en otros que acogen sus enseñanzas y su valía. En septiembre renacerá siempre este hombre cabal, que construyó sendas definitivas. Continuar la obra de Eduardo Torres-Cuevas es el mejor modo de decirle, al estilo martiano, que los grandes «muertos, no son más que semilla».

Loading

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *