La Revolución Cubana en el devenir histórico

Articulos Cientificos
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La Revolución Cubana en el devenir histórico

Por María Caridad Pacheco González,

Dra. C. y secretaria de Divulgación y Relaciones Públicas de la Unhic.

El 1.o de enero de 1959 fue un día decisivo para la Revolución Cubana, en tanto no solo se alcanzó la victoria, sino que se tomaron decisiones fundamentales para consolidarla y hacerla avanzar. En horas de la madrugada, el alto mando rebelde, al frente del cual se encontraba el Comandante en Jefe Fidel Castro, conoció de los primeros indicios de que se había producido el colapso político-militar y moral del régimen dictatorial y la fuga de Fulgencio Batista Zaldívar.

Junto a estas noticias se recibieron rumores y luego la confirmación de que se había efectuado un traicionero intento de golpe de Estado en La Habana.

Había sido preparado por el general Eulogio Cantillo Porras, jefe del Estado Mayor Conjunto, quien violó lo pactado con Fidel el 28 de diciembre en el central Oriente, en contubernio con la embajada norteamericana, para tratar de imponer en la presidencia provisional al magistrado más antiguo del Tribunal Supremo. A esa traición se unió la extracción de la cárcel de Isla de Pinos del coronel Ramón Barquín López, opositor a Batista, pero afín a la CIA, para que asumiera el mando del derrocado Ejército Constitucional. Fidel, previendo la maniobra, advirtió que el único militar designado para tomar el mando militar en el Campamento Militar de Columbia y comunicarse con él, era el comandante Camilo Cienfuegos Gorriarán.

La intentona golpista fracasó, porque no se halló consenso ni siquiera dentro del resto de los magistrados y porque la acción de las milicias urbanas del Movimiento Revolucionario 26 de Julio no dio lugar ni tiempo para que prosperara.

Ante tales acontecimientos, la dirección de la insurrección armada popular decidió la toma inmediata de Santiago de Cuba, el avance y la entrada a la capital de la República de las columnas guerrilleras no. 2 Antonio Maceo y no. 8 Ciro Redondo, al mando de Camilo y Ernesto Che Guevara, respectivamente. Asimismo, ordenó a los jefes de los frentes y columnas que obtuvieran la capitulación de todas las guarniciones en ciudades y pueblos.

Finalmente, como colofón de las acciones que definirían la victoria revolucionaria, Fidel, en la mañana del día 1.o, convocó a todos los trabajadores y el pueblo a la huelga general revolucionaria.

Aseverando en su llamamiento que “[…] ¡La historia del 98 no se repetirá! ¡Esta vez los Mambises entrarán en Santiago de Cuba!”.1 Ese mismo día, los rebeldes entraron en Santiago por la rendición pacífica e inevitable de la guarnición del cuartel Moncada.

En La Habana, la rapidez con que las dos columnas invasoras rebeldes operaron, dejó sin capacidad de reacción a los conspiradores contrarrevolucionarios.

El control militar y político asumido en el Campamento de Columbia y la Fortaleza de la Cabaña fueron garantía inequívoca de que el antiguo poder castrense se había desplomado. A ello se unió la inmensa y rotunda huelga general obrera y popular que prácticamente paralizó todo el país. A la victoria político-militar y moral se sumó el apoyo irrestricto del pueblo.

El día 3 de enero, la situación político-militar se esclareció. Se constituyó el Gobierno Provisional Revolucionario, al efectuarse la primera reunión del Consejo de Ministros, en Santiago de Cuba, la cual había sido proclamada tempo1 ralmente capital del país. El día 5, el Gobierno se trasladó a La Habana. Para esa fecha, se había iniciado el recorrido de Oriente al occidente cubano —La Caravana de la Libertad— campaña militar, cuyo objetivo, según el propio Fidel, no era hacer una marcha triunfal, sino encontrarse con las masas populares, alertar que el derrocamiento de la tiranía era solo el preámbulo de grandes cambios y desafíos y enfatizar que ninguna agrupación política podía adjudicarse el triunfo porque este había tenido como único hacedor al pueblo: “Más que el pueblo no puede ningún general, más que el pueblo no puede ningún ejército […] porque el pueblo es invencible”.2

La llegada a La Habana de Fidel, el 8 de enero, fue apoteósica. En su discurso pronunciado en el Campamento Militar de Columbia, habló de la necesidad de la unidad de todas las fuerzas revolucionarias. La idea tenía un significado real para aquellos momentos, aunque también estratégico. No podían existir espacios que condujeran a escisiones entre los revolucionarios y dieran margen de maniobras al imperialismo.

Revolución de la esperanza

La Revolución Cubana, por primera vez en América, derrotó la “teoría del fatalismo geográfico”, que enunciaba la imposibilidad de que una revolución popular triunfara contra un ejército entrenado, armado y financiado por Estados Unidos; mucho menos que fuera posible su triunfo y radicalización hacia un antimperialismo y un socialismo plenos, y que esa victoria revolucionaria se produjera a solo 90 millas del imperialismo más poderoso de la historia, sin que este no pudiera derrotarla.

La Revolución Cubana emergió triunfante sin derivarse de una confrontación militar de carácter internacional y no contó con el apoyo material de fuerzas externas. Y, aunque recibió las simpatías y solidaridad de gran parte del mundo, la victoria fue consecuencia de una guerra llevada a cabo en su territorio, donde la derrota armada y político-moral del aparato de dominación fue el factor determinante.

La victoria revolucionaria cubana demostró que, sin lo nacional específico ninguna revolución puede ser creación heroica; que ninguna revolución auténtica puede separarse

de su pueblo sin peligro de frustración. Ello abrió un espacio nunca antes concebido a la creatividad de un marxismo-leninismo heterodoxo, articulado en las mejores tradiciones nacionales, a nuevas visiones conceptuales y prácticas de una nueva

izquierda hemisférica y mundial, que pudo disentir de los formularios preconcebidos y las recetas teóricas elaboradas a priori en otras latitudes geográficas.

A esta proyección había contribuido de manera decisiva el Comandante en Jefe, quien se percató de que el nuevo proyecto revolucionario solo tendría vías de realización si se instrumentaba una nueva concepción táctica y estratégica, partiendo de la experiencia acumulada en procesos revolucionarios anteriores, y también aportó su vocación por el desafío, el valor, la ética y una práctica en total armonía con el discurso político.

Con la victoria cubana comenzó una época de auge para el movimiento revolucionario, una nueva etapa en la lucha de liberación nacional y social de los pueblos latinoamericanos y caribeños; fue también el inicio de la quiebra del sistema de dominación de Estados Unidos en la región. De modo que, cuando en medio de un júbilo sin precedentes en más de cincuenta años de vida republicana el pueblo de Cuba celebraba el triunfo de las fuerzas revolucionarias el 1.o de enero, no muchos podían imaginar que este acontecimiento significaría un viraje fundamental en las luchas populares de América Latina y el movimiento revolucionario mundial. El fundador del Frente Sandinista de Liberación Nacional, Carlos Fonseca Amador, lo expresó en 1960 de la siguiente manera: “Nosotros somos la generación fidelista”.

El hecho real fue, y es, que la Revolución Cubana tuvo, sin caer en la tentación del “aldeano vanidoso”, una influencia descomunal en el movimiento revolucionario y en la conciencia de los pueblos de América Latina y el Caribe, porque fue un verdadero desbordamiento de las esperanzas, las conductas radicales en el hemisferio y en las luchas emancipadoras de todo el llamado Tercer Mundo.

1Fidel Castro: “Instrucciones a todos los comandantes del Ejército Rebelde y al pueblo”, en La contraofensiva estratégica, pp. 371-372.

2 Fidel Castro: “Discurso pronunciado en Ciudad Libertad”, 8 de enero de 1959, en http://www.cuba.cu/gobierno/ discursos/1959/esp/f080159e.html


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