EL INICIADOR CAYÓ COMBATIENDO

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EL INICIADOR CAYÓ COMBATIENDO

Por Rafael Acosta de Arriba

Dr. en Ciencias Históricas. Escritor.

Para muchos historiadores la deposición de Carlos Manuel de Céspedes como presidente de la República en Armas y su posterior muerte, abandonado y dejado sin protección en una montaña de la Sierra Maestra, fue un hecho que marcó el curso posterior de la primera de nuestras guerras por la independencia.

Después del hallazgo del parte militar español sobre el asalto a San Lorenzo y la publicación del diario póstumo de Carlos Manuel de Céspedes, fue posible reproducir, complementando otras informaciones, hasta los más pequeños detalles de aquella mañana fatal.

A mi juicio, lo más importante del diario reside en lo que aporta el documento sobre las ideas de Céspedes acerca del curso de la revolución, una vez separado de la presidencia; sus agudas observaciones sobre el territorio independizado y otros fenómenos de índole sociológica que abundan en sus páginas; también, y no menos importante, se reflejan en esas páginas sus estados de ánimo y reflexiones más íntimas, que ayudan a calibrar el temple de aquel hombre excepcional. Me detendré ahora en los detalles acerca de su muerte. Al final volveré sobre el diario.

Según describió Jose Lacret Morlot años después de los sucesos, Céspedes y una reducida comitiva llegaron a la prefectura de El Lagial, situada en las márgenes del río Contramaestre, en la noche del 23 de enero de 1874. El testimoniante, en su calidad de subprefecto de Guaninao, fue la autoridad mambisa encargada de atender al expresidente de la República en Armas. Después de los saludos correspondientes, Lacret leyó el documento del gobierno mambí que acompañaba al ilustre visitante, el cual decía: “Va esa Prefectura el ex presidente de la Republica, ciudadano Carlos Manuel de Céspedes, en calidad de residenciado” y abajo aparecía la firma del general Calixto García.

Según continuó refiriendo Lacret, quien después fue general de la guerra de Martí, él no entendió bien esa expresión de la carta y se sintió en “un gran aprieto para darle exacto cumplimiento, pues la palabra residenciado se me prestaba a dudas”.1 Acto seguido, el subprefecto consultó a Ignacio de Quesada, cuñado de Céspedes, quien no fue capaz de explicarle, y se dirigió entonces al teniente coronel Carlitos de Céspedes, primogénito del expresidente, quien tampoco pudo. Ante el aprieto, Lacret se dirigió al propio Céspedes, quien tomó el documento en sus manos y lo leyó, después de lo cual le dijo: “Joven, esta comunicación quiere decir que no podré moverme del lugar que usted me señale sin orden expresa de usted”. El prefecto le dijo entonces a Céspedes: “Presidente, estoy más que nunca a sus órdenes”.

Durmieron y a la mañana siguiente marcharon hacia San Lorenzo, distante una legua, allí se le concedió a Céspedes un bohío en el que se alojó junto con su hijo, su cuñado y el fiel mulato Jesús Pavón, su asistente personal desde los mejores tiempos del Demajagua. Se le asignó una buena cocinera, Alejandrina, y Lacret anotó sobre ese primer instante de la llegada del expresidente, “los lugareños se disputaban a agasajarlo”.

Comenzaron así los 35 días finales de la existencia del iniciador de la revolución de 1868. Estaba rodeado por gente sencilla y humilde, y unos pocos mambises heridos en proceso de recuperación.

Fueron 35 días en los que deambularía por las inmediaciones, realizaría su última conquista amorosa (de la que quedaría preñada su joven amante, Panchita Rodríguez, madre del último de sus hijos), enseñaría a leer y escribir a unos niños y escribiría sus últimas cartas y páginas de su diario de campaña.

Sobre las siete de la mañana, hora del amanecer en la escarpada elevación de San Lorenzo, Jesús Pavón —fiel ayudante de cámara, aunque sería mejor decir en ese momento, de bohío o de campaña— despertó a Céspedes. Mientras esto ocurría, un batallón enemigo que había desembarcado 24 horas antes por la playa de Sevilla (costa sur de la Sierra Maestra), a bordo de las cañoneras Alarma y Cuba Española (procedentes del puerto de Santiago de Cuba), ascendió con dificultad las elevaciones que conducían a San Lorenzo, tomó posiciones con sigilo teniendo a la vista el predio donde solamente habitaba un puñado de personas.

Céspedes comenzó su cotidiano ritual de aseo matutino; decidió no asistir a un almuerzo en casa de un campesino amigo que vivía a varias leguas, debido a las fuertes lluvias del día anterior y las que saludaban esa mañana; tomó su café y comenzó a escribir en su diario las tres cuartillas que serían las últimas. Después del café endulzado con miel, jugó su última partida de ajedrez con el bayamés Pedro Maceo Chamorro. Sobre las diez horas, Céspedes consumió un frugal desayuno-almuerzo serrano (costumbre de la vida mambisa), en compañía de su primogénito Carlos y, probablemente, del prefecto Lacret. Acto seguido, atravesó solo y a pie el centenar y medio de metros que separaban su bohío del que ocupaban las hermanas Beatón, donde conversó’ con estas mujeres, amigas desde los viejos tiempos de Bayamo. Poco después, pasó al bohío de dos campesinas viudas de mambises; con una de ellas, como ya se dijo, Céspedes había mantenido un romance en las últimas semanas, del cual nacería, meses después, un niño a quien la madre puso por nombre Carlos Manuel. En este lugar, Céspedes prosiguió unas lecciones de alfabetización que impartía desde su llegada a un grupo de infantes del predio. Estaba en esa faena, cuando una niña que llegó a pedirle un poco de sal a Panchita, descubrió la presencia de los soldados españoles y dio la voz de alarma.

Comenzó así el drama de San Lorenzo. Los jefes del batallón Cazadores de San Quintín decidieron no esperar más por la columna de infantería que debió llegar también a ese punto, proveniente de El Cobre. Esta maniobra, una clásica operación militar en forma de pinza, demuestra que el mando militar español sabía que alguien de importancia residía en el elevado e intrincado picacho de la Sierra Maestra.

Solamente quien no haya estado en San Lorenzo y desconozca la geografía y la topografía del lugar, puede dudar de que el operativo español tenía una misión bien determinada y que se valió de una información muy exacta. De otra forma, no se hubiesen desplegado los dos comandos (el de El Cobre llegó al punto, pero retardado) hasta un mísero caserío extraviado entre montañas poco menos que inaccesibles. Únicamente una información segura y confiable podía motivar que se realizara una maniobra de tal magnitud y complejidad. Quizá, algún día, un documento ponga al descubierto la verdadera urdimbre que llevó a la columna española de tropas elites al nido de águilas donde moraba el iniciador de la revolución de 1868. Mientras eso no ocurra, el que escribe estas líneas es partidario de la hipótesis de que el refugio de Céspedes fue denunciado (ya sea por delación cubana —felonía y traición— o por trabajo eficaz del servicio de inteligencia español, o por ambos al mismo tiempo).

La mitad de la columna española se desplazó por el flanco derecho del cuadrilátero que conforma la explanada de San Lorenzo, en el mismo instante en que Céspedes, revólver en mano, salió del bohío y emprendió una veloz carrera para ponerse a resguardo. Lamentablemente, inició su escape en la dirección incorrecta. Los atacantes rompieron el fuego y Céspedes, quizás confundido por la sorpresa, quizás presintiendo que el enemigo había llegado por el norte, avanzó hacia el suroeste rompiendo el maniguazo y bordeando el claro. De haber corrido hacia la poceta —remanso del Contramaestre donde se bañaba con frecuencia—, o sea, hacia el sureste, es posible que hubiera podido burlar la acometida española. Un capitán, un sargento y cinco soldados lo persiguieron directamente, mientras el resto de la columna invadía el lugar.

La oposición mambisa fue débil, puesto que San Lorenzo era un lugar mal guarnecido o, mejor dicho, desguarnecido por completo —recordemos que el expresidente fue privado de su escolta por el gobierno de Cisneros Betancourt—, y Céspedes, armado solo con su revólver, no tuvo mucha posibilidad de ripostar el enérgico ataque español.

Céspedes siguió avanzando, pero la distancia que lo separaba de sus perseguidores se acortaba por instantes. Era un hombre de 55 años, vital aún, pero desgastado por los cinco años de vida en la manigua y con la visión bastante debilitada. Corrió y se viró para hacer un primer disparo, al que respondieron los españoles tirando al aire con la intención de capturarlo vivo. El capitán, a gritos, lo conminó a entregarse. Céspedes se volvió de nuevo y disparó sin detener la carrera.

Uno de los soldados españoles, el sargento Felipe González Ferrer, casi se le encimaba y el bayamés, sintiéndolo próximo, se volvió y le disparó por última vez; el sargento también accionó su fusil, y prácticamente, a quemarropa (la camisa de la víctima estaba chamuscada en el lugar del orificio) le perforó el corazón. Céspedes, ya sin vida, cayó por un barranco de más de seis u ocho metros de profundidad. Durante unos quince minutos más prosiguió el tiroteo hasta que los españoles, al no recibir respuesta, pasaron revista al lugar y reunieron a los escasos prisioneros, casi todos mujeres y niños.

El cadáver de Céspedes, única baja del asalto, fue izado y llevado ante el jefe de la columna. Cuando Panchita reconoció el cuerpo inerte, gritó de espanto al identificar inconscientemente a la víctima. De inmediato fueron ocupadas sus pertenencias, el diario, entre ellas, saqueado el lugar e incendiado el caserío.

El jefe español no dilató la partida, llevaba una presa muy valiosa, el cadáver del iniciador de la revolución, por lo que lo colocaron sobre un mulo y emprendieron el camino de regreso a la costa.

La hipótesis del suicidio del héroe quedó muy debilitada con la aparición del parte español. Solo algunos pocos historiadores siguieron creyendo en ella. Como fuera, Céspedes cumplió lo que había dicho siempre, que no sería capturado con vida por el enemigo. Murió como uno más de los miles de mambises, hombres sencillos y humildes, que respondieron a su llamado del 10 de octubre de 1868.

De lo que sí estoy convencido es de que Céspedes fue allí en San Lorenzo absolutamente libre desde la perspectiva política; libre del yugo colonial de España, el primero en serlo; libre de sus ataduras con el poder revolucionario, cuando fue echado de este y no titubeó ni un segundo en rechazar la opción de recuperarlo. Acaso quedó dependiendo solo de sus demonios interiores, sus pesadillas y las dificultades que, a esa altura de su vida aquejaban a sus afectos, ese tipo de problemas de los que el hombre solo puede librarse con la muerte. Y es que los hombres auténticamente libres son muy raros, solo lo son aquellos que merecen serlo. La libertad es una conquista individual y Carlos Manuel la obtuvo por su determinación, entereza de carácter, cultura y eticidad.

Carlos Manuel de Céspedes fue un modelo único en cuanto al cambio radical que se dio en su clase social acerca del tema racial, su conversación en San Lorenzo con una mujer negra de las inmediaciones, una liberta, que le pide interceda ante una decisión del prefecto del lugar y le habla con el apelativo de “Mi presidente, mi amo”, a lo que le responde afectuoso: “Yo no soy ni tu presidente, ni tu amo, yo soy tu hermano”. Esa larga parábola de transitar de terrateniente dueño de esclavos a dar tal respuesta a la sencilla mujer, es, a mi juicio, un hecho representativo de los cambios propiciados por la revolución, de los que Céspedes fue su punta de avanzada. Años después vendría la otra guerra, la de Martí; pero ya con la esclavitud abolida por España en sus colonias y una dirección revolucionaria mucho más evolucionada en su ideología político y social.

Céspedes se entregó a la causa de Cuba con una limpieza de actuación que merece el reconocimiento y el respeto de todos sus compatriotas. Su diario póstumo y sus últimas cartas a Ana de Quesada constituyen su mensaje embotellado a la posteridad.

1 José Lacret Morlot: “Céspedes y San Lorenzo¨, en periódico La Discusión, La Habana, lunes 10 de octubre de 1904, p. 10.

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