Violeta Casal en la memoria

Articulo Divulgativo Historia

Por María Caridad Pacheco

Una voz de mujer angustiaba a la dictadura ba­tistiana en trasmisiones desde territorio libre de la Sierra Maestra. Era Violeta Casal, quien como locutora llenaba al país de optimismo cuando gritaba desde sus micrófonos: “¡Aquí, Radio Re­belde!”.

Nacida en Matanzas el 26 de marzo de 1916, se graduó de Doctora en Filosofía y Letras, y en Pedagogía en la Universidad de La Habana, además de culminar estudios en la Academia de Arte Dramático. Actuó en el teatro universitario, dirigió el grupo teatral de la Escuela Normal, perteneció al Teatro Popular de Paco Alfonso y trabajó intensamente en la radio y la televisión.

Sus inicios fueron en el teatro universitario. La actriz Margarita Balboa recordaba que a finales de la década del cuarenta del pasado siglo, Vio­leta, además de actriz de la radio y del Teatro Universitario, era profesora de Ciencias Sociales en la sesión nocturna en la Escuela Normal para maestros de La Habana. En obras de teatro que se representaban en la escuela, lo mismo inter­pretaba obras dramáticas que alta comedia. En esa década comenzó su desarrollo como actriz y participó en obras como: Arsénico para los viejos (1942); El deseo bajo los olmos (1943) ambas dirigi­das por Lorna de Sosa; Un tranvía llamado deseo (rol de Estela, 1948) dirigida por Modesto Cente­no); Theresa, de Zola-Job (1949), con la que obtu­vo el codiciado Premio Talía.

En la década del cincuenta, se destacó en obras como Mariana Pineda, de Lorca (1950), di­rigida por Ramón Valenzuela; Juana de Castilla, de H. Rothe dirigida por Luis A. Baralt, (1951); Una choza para tres, de Roussin (1956), dirigida por Rubén Vigón. Con el grupo Las Máscaras protagonizó de Federico García Lorca y dirigi­das por Andrés Castro, Yerma (1950) y Bodas de sangre (1951), y para la Sala Prometeo (dirigida por Francisco Morín) La voz humana, de Cocteau (1949), y La dama del trébol, de Arout (1955). Actuó en México y Guatemala, con el Teatro Universi­tario y en España, con la compañía de Martínez Trives.

Antonio Vázquez Gallo, director de teatro y televisión consideraba que, a principios de la década de los cincuenta del siglo xx, Violeta era considerada, junto a Marisabel Sáenz y a Rosa Felipe, como una de las mejores actrices del tea­tro cubano, y tanto él como otros artistas del medio la valoraban además como una excelente compañera.

En agosto de 1958, la vida cambiaría para Vio­leta definitivamente. Perseguida por sus activi­dades revolucionarias, abandonó la escena y subió a la Sierra Maestra, después de participar en la huelga del 9 de abril y sufrir detención y persecución en La Habana. Llegó a La Plata en momentos en que tenía lugar la ofensiva del ejér­cito de la tiranía. Su primera intención fue dar clases a soldados y campesinos como maestra, pero el Comandante en Jefe le asignó la tarea de trabajar en Radio Rebelde. Fue así como se convirtió en la voz de la Revolución con la fra­se que la identificaría a partir de ese momento: “¡Aquí Radio Rebelde, desde el territorio libre de Cuba!”.

Después del triunfo, dirigió Radio Rebelde, donde creó un cuadro dramático que descolló por su calidad; pero también se destacó en otros campos del arte. En 1961, junto con Aseneh Ro­dríguez, Carlos Ruiz de la Tejera, José A. Rodrí­guez, Vicente Revuelta y otros actores fundó el Conjunto Dramático Nacional (CDN) y con este empezaron talleres de danza, expresión corporal y música, para cubrir las necesidades de los ac­tores en formación.

Después protagonizó en 1962 La madre, de Gor­ki en adaptación de Bertolt Brecht, en una puesta dirigida por N. Raimondi, actor y director argen­tino que había estudiado en el Berliner Ensem­ble, y se hizo cargo de la dirección del CDN. El espectáculo marcó un hito en la historia teatral cubana luego del triunfo de la Revolución. Esta puesta en escena estaba dedicada a la clase obre­ra cubana y era poseedora de un hondo conteni­do social y una moderna visión revolucionaria de la escena. La música fue compuesta por Leo Brower y luego del gran éxito de público y de prensa que la obra alcanzó, realizaron una gira de 34 funciones por todo el país, con dos esce­narios: uno en la sala y otro al aire libre, lo cual permitía a los artistas relacionarse directamente con el pueblo. Era la primera vez que los artistas se preocupaban por establecer esta especie de víncu­lo. El contenido político unificaba fuerzas en el mo­mento en el que se estrenó. Tenía escenas de una campaña de alfabetización como la que se llevaba a cabo en el año 1961.

Entre sus últimas apariciones escénicas, es digna de recordación su actuación en el perso­naje protagónico de La Madre, de Bertolt Brecht, por Teatro Estudio, en colaboración con el Berli­ner Ensemble dirigida por Ulf Keyn, en 1975.

Dadas sus arraigadas convicciones revolu­cionarias, defendía el derecho de la mujer a tomar parte en la lucha por mantener las con­quistas logradas y su personaje poseía una fuerza dramática imponente. Lejos de la repre­sentación acostumbrada de la anciana cansa­da y débil de carácter, Violeta le impregnó ese halo patriótico y sacrificado de la mujer revo­lucionaria en la que ella misma se había trans­formado.

Se retiró del teatro por problemas de índole personal y murió el 28 de octubre de 1992 en La Habana; sus restos yacen en el Panteón de las Fuerzas Armadas Revolucionarias en el cemen­terio de Colón. Fue no solo la voz que llevó la esperanza a millones de cubanos y cubanas con trasmisiones desde territorio libre de la Sierra Maestra, sino actriz consagrada, revoluciona­ria, versátil, cuya carrera es digna de conside­rarse entre lo más relevante de la escena cubana de todos los tiempos.

Últimas entradas de UNHIC-Cuba Historiadores (ver todo)