Roig en el primer Congreso Nacional de Historia*

Articulo Científico Historia

Félix Julio Alfonso, Dr. en C. Historiador adjunto de la Oficina del Historia­dor de la ciudad.

Cuando en 1942 se efectuó el primer Congreso Nacional de Historia, nuestro país estrenaba una modalidad para el debate y el consenso histó­ricos. Presidido por Fernando Ortiz, el primer Congreso fue inaugurado el 8 de octubre de 1942 en el Palacio Municipal de La Habana. Ese día Roig pronunció una medular disertación tras los discursos de rigor presentados.

La celebración por primera vez en Cuba de congresos nacionales dedicados de manera exclusiva a los asuntos relacionados con la in­vestigación, la enseñanza y la divulgación de la historia, fue una idea del profesor de His­toria de América de la Universidad de La Ha­bana, Herminio Portell Vilá.1

Sin embargo, este cónclave de los di­versos profesionales —abogados, médi­cos, periodistas, ingenieros…— que en ese momento se dedicaban a ejercer como historiadores no hubiera tenido la trascen­dencia para los estudios historiográficos cubanos durante sus periódicas celebra­ciones, sin la especial participación en ellos, como promotor y como ponente, de Emilio Roig de Leuchsenring, Historia­dor de la Ciudad de La Habana y presi­dente de la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales (SCEHI).

La personalidad de Roig, atrayente, prestigiosa y ecuménica, hizo posible la unión de voluntades diversas para lograr que el primer Congreso se desarrollara con la seriedad científica y la amplitud de crite­rios necesarios en eventos de esta naturaleza.

El primer Congreso Nacional de Historia, pre­visto para desarrollar sus sesiones en octubre de 1942, se celebró en una coyuntura internacional dominada por la Segunda Guerra Mundial y la ali­neación de la mayoría de los intelectuales cubanos contra el fascismo, y en un ámbito nacional don­de la hegemonía burguesa había cedido espacios para la reproducción democrática y la paz social dentro del libre juego de los partidos políticos. Finalmente, después de arduas sesiones de tra­bajo durante varios meses, el congreso fue inau-gurado en el salón de recepciones del Palacio Municipal de La Habana, presidido por la figura patriarcal don Fernando Ortiz. Tras los discur­sos de rigor de las autoridades políticas invita­das, Roig pronunció una medular disertación en la que expuso un conjunto de tesis que reflejaban sus concepciones personales sobre la ciencia his­tórica y argumentaba acerca de la función social que los estudios históricos debían cumplir en un país como Cuba. En su opinión:

Pueblos como el cubano, de integración na­cional no lograda plenamente, requieren un conocimiento más exacto y comprensivo de su historia, para mejor descubrir en el pasa­do, más o menos remoto, las raíces de sus males, crisis y dificultades presentes, con vistas a un futuro de estabilidad, progreso y engrandecimiento.2

En este proceso de pesquisas e indagaciones en el pasado para no perder la memoria histórica como pueblo, debía jugar un papel primordial uno de los ejes centrales del oficio de historiador: la búsqueda de la verdad histórica. Para llegar a esta verdad, muchas veces elusiva, debían com­binarse el estudio científico de los hechos histó­ricos, sin falseamientos oportunistas, y también el de las grandes personalidades, pero despro­vistas de toda hagiografía o manipulación com­pasiva:

Los hechos, si se presentan desnudos de poé­ticas mentiras, tienen en cambio el adecuado ornamento de la limpia y ruda verdad histó­rica, libre de prejuicios, convencionalismos e intereses creados; y a los personajes se les hace descender de los cielos de percalina en que los habían falsamente encaramado sus patrioteros apologistas, para retratarlos, sin piadosos retoques, tales como fueron y ac­tuaron, humanizados, con sus reales defec­tos y virtudes.3

Las ideas de Roig sobre la historia no solo eran revolucionarias en un campo académico como el cubano, viciado por la retórica vacía y la mono­tonía de los homenajes, sino que reflejaban una moderna concepción historiográfica que invi­taba a revalorizar y reinterpretar la historia, no solo de Cuba, sino de todo el continente ameri­cano, con un fin claro y explícito. En este sentido apuntó:

Todos cuantos formamos parte de la Socie­dad Cubana de Estudios Históricos e Inter­nacionales sentimos la necesidad imperiosa de revalorizar nuestra historiografía y la historia de América y darle el dinamismo indispensable para hacer llegar la cultura histórica al pueblo, a fin de reformar la con­ciencia cubana y americana.4

Y agregó que el espíritu de los historiadores allí reunidos, no debía ser el de considerarse una capilla de elegidos, ni una “concentración de pa­checos intelectuales”, sino que se trataba de “tra­bajadores del pensamiento”, cuya misión última era la de preocuparse por los destinos del pue­blo y por el “robustecimiento de la conciencia nacional”, pues en su opinión: “La inteligencia y la sabiduría solo tienen un valor humano apre­ciable cuando se proyectan en forma de servicio popular”.5

A continuación, pasó a exponer la tesis cen­tral del trabajo que presentaría en el congreso, y que él consideraba debía constituir un objetivo primordial de todos los congresos a celebrar en el futuro. Esta idea principal era la de la reivin­dicación de la revolución libertadora cubana del siglo xix, que él veía como un proceso único y continuo, frustrado en la República y descono­cido por las generaciones de cubanos jóvenes de aquel momento. En su opinión había que lograr un conocimiento profundo de los hechos que lle­varon a los revolucionarios del 68 y del 95 del siglo xix a alzarse en armas contra la metrópoli, y desterrar del imaginario colectivo la autosubes­timación del cubano como pueblo capaz de go­bernarse a sí mismo.

A su juicio, la idea de que los próceres de la independencia debían su grandeza, no a sus mé­ritos propios, sino al hecho de haber muerto a tiempo y no convertirse en aprovechados de sus hazañas y depredadores de la nación, era una “fatal ignorancia e injusta generalización”.6

También ataca las posiciones intelectuales conservadoras y reformistas que tratan de em­pequeñecer el esfuerzo libertario y, en su lugar, proponen que la solución autonomista hubiera sido la más viable para que Cuba evoluciona­ra y alcanzara un gobierno estable, propalando la idea de que el pueblo cubano no estaba listo para la independencia, de lo que podían servir de ejemplo las graves crisis políticas desatadas durante la República. A estos escépticos, Roig les respondió:

Básteme mantener enfáticamente que la obra de la revolución cubana emancipa­dora no constituye un fracaso en la histo­ria de nuestro desenvolvimiento político.

Que ella fue la consecuencia inevitable e imprescindible del desastroso sistema colo­nial español, de la ineptitud y de la ceguera de todos los políticos y gobernantes, em­peñados en que Cuba sufriese, de manera inalterable, el régimen nefando y ominoso de colonia factoría, gobernada a distancia, sin estudiar ninguno de sus problemas y necesidades.7

Y añadió:

Nuestra revolución emancipadora cumplió el papel histórico a ella reservado. Mientras Cuba hubiera permanecido bajo el gobierno de España no era soñable pensar en mejo­ras evolucionistas de ninguna clase, porque nadie da a otros lo que no tiene para sí, y de España era imposible que los cubanos recibieran en momento alguno enseñanzas de buen gobierno y administración públi­cos, por la elocuentísima razón de que aún en estos momentos España no ha podido aplicarlos al gobierno y administración de su propio país.8

La parte final de este brillante discurso, la dedi­có Roig a explicar sus criterios sobre los orígenes de las sucesivas crisis que había padecido la Re­pública en sus 40 años de existencia, desde 1902 a la fecha, los que en modo alguno debían atribuir­se a la revolución independentista; hizo énfasis en la nefasta herencia del colonialismo y en la deletérea presencia de Estados Unidos a lo lar­go de nuestra historia de los últimos dos siglos:

[…] desastroso ejemplo y educación políti­cos, gubernativos y administrativos recibi­dos por los cubanos durante cuatro siglos de despotismo explotador; dependencia económica, ya en los días finales de la do­minación española, de la gran potencia veci­na norteamericana; peculiarísima forma en que la colonia se transforma en república, no por el propio esfuerzo de sus hijos, sino por la orden y el poder de otra nación que se interpone en el proceso evolutivo de nues­tro pueblo y se convierte en el dispensador supremo de bienandanzas y males, con la gravísima secuela de la falta de fe y de con­fianza de los cubanos en la estabilidad de la República.9

Con estas convicciones profundas sobre el devenir histórico cubano y las ansias de pro­piciar nuevos estudios y acercamientos, se produjo la intervención activa de Roig en los debates del congreso. Allí reivindicó la gloria de Finlay como el verdadero descubridor del agente trasmisor de la fiebre amarilla; abogó por retirar la estatua de Fernando VII de la Plaza de Armas y colocar en su lugar la del pa­dre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes; pidió la liberación del luchador antimperialis­ta puertorriqueño Pedro Albizu Campos y del líder comunista brasileño Luis Carlos Prestes y de “[…] todos aquellos que por cualquier opi­nión político-social hayan merecido prisión […] y no solamente para los que sufran prisión, sino también para los que sufran destierros u otra clase de persecución”.10

En la mañana del 11 de octubre de 1942, le tocó a Emilio Roig exponer su trabajo titulado “Revaloración de la guerra libertadora cubana de 1895”. Luego de explicar su tesis inicial, en el sentido de que la revolución del 95 no debía llamarse por ninguno de los topónimos donde ocurrieron alzamientos, es decir, Baire, Ibarra, Bayate…, señaló que este proceso independen­tista obedeció a un plan común y único, estruc­turado por José Martí, por lo que, apoyado en un acendrado martianismo, sugirió proponer a los máximos poderes de la nación que se llamara a la guerra libertadora cubana iniciada el 24 de febrero de 1895, con el nombre de Revolución de Martí.11

Durante el debate le replicó a Roig el Dr. Ma­rio Guiral Moreno, quien opinó que la guerra debía llamarse solo de independencia y no por el nombre de un sólo prócer, pues fue la obra del pueblo de Cuba y no es exclusiva de una sola persona. Roig se mostró conforme con este pare­cer de no llamar a la guerra del 95 la Revolución de Martí; pero al mismo tiempo manifestó que era un error histórico considerarla guerra de in­dependencia y explicó:

[…] del mismo modo que la guerra del 68 fue frustrada por el Pacto del Zanjón, la Guerra de Independencia fue frustrada por la intervención del gobierno de los Estados Unidos dando nacimiento a una república mediatizada, con Enmienda Platt, influencia imperialista, establecimiento de carboneras y Tratado comercial, de todo lo cual hemos estado tratando de librarnos en una verda­dera guerra de independencia celebrada du­rante la República, tratando de sacudirnos los factores que impidieron la independen­cia en 1902.12

Los diferentes ángulos de este asunto, que sobrepasaba la simple discusión terminológica, provocaron que el Congreso Nacional de His­toria recomendara a la SCEHI, que al convocar a la convención de historiadores de 1943, sin menoscabar la libertad de temas, se trazara un programa concreto y entre sus puntos figurara el de la revaloración de las guerras de Cuba en las luchas por su independencia. La moción fue aprobada por unanimidad y quedó “[…] para el próximo congreso la encomienda de dictar un laudo definitivo sobre el asunto, con vistas a tra­bajos presentados y documentación aportada”.13

Ese mismo día, concluidos los debates en las diferentes comisiones, tuvo lugar una sesión plenaria en la que Emilio Roig volvió a ser pro­tagonista, ya no en su papel de organizador o polemista, sino como homenajeado por su labor historiográfica y por el éxito del congreso. La propuesta de confeccionar un artístico pergami­no con la firma de todos los congresistas para en­tregárselo a Roig como recuerdo del evento fue lanzada por Esteban Domenech y a ello se unió la propuesta de Pérez de Acevedo, de que se soli­citara al Ayuntamiento la concesión a Roig de la medalla de la ciudad. Abrumado por tantos reco­nocimientos, Roig respondió:

Realmente yo me negaría a aceptarlo, pero me limito a hacer constar que nada he hecho que tenga mérito: es sencillamente el haber­me desenvuelto en actividades en las que me ha agradado emplear el tiempo. El úni­co mérito que puede haber en esto es haber sabido escoger a las personas que me han ayudado a desenvolver estas actividades. Si he podido alcanzar éxito es exclusivamente porque siempre he contado con los amigos y he contado con aquellas personas que se dedican a los estudios que yo también me he dedicado, que nunca he querido realizar una labor sola.14

A continuación Roig dejó claro que una sola institución, como la Oficina que él creó, poco hubiera podido hacer sin el concurso de otras corporaciones aliadas en las luchas por la cul­tura, como la Comisión de Monumentos, Edi­ficios y Lugares Históricos, o la Sociedad Cu­bana de Estudios Históricos e Internacionales, y señaló en ese sentido su deseo de tratar de implantar comisiones semejantes en los mu­nicipios donde no los hubiera y la figura del Historiador de la Ciudad en los Ayuntamien­tos donde no existieran “[…] de manera que acepto esta felicitación pero deseo hacer cons­tar en acta, que si he podido tener éxito es ex­clusivamente porque ustedes me han ayudado y me han acompañado en todas estas labores”.15 Para concluir, apuntó Roig unas palabras plenas de humildad y modestia que debieron conmover al selecto auditorio de historiadores y hombres de letras, como digno colofón a aquel Congreso fundacional de 1942:

En cuanto a la proposición del co. Acevedo se lo agradezco mucho, pero le pido que la retire, porque son dos cosas que invariable­mente no estoy dispuesto a aceptar nunca: banquetes ni condecoraciones, sin que eso signifique que yo vea mal a las personas que lo hacen.16

* Fragmentos de la ponencia “Emilio Roig de Leuchsen-ring y su labor historiográfica en el primer Congreso Na­cional de Historia (1942)”, presentada en el III Simposio de Historia Emilio Roig de Leuchsenring, 18 y 19 de ju­lio del 2006.

1 Así puede leerse en la trascripción de las actas de la So­ciedad Cubana de Estudios Históricos e Internaciona­les, en su sesión ordinaria del 27 de febrero de 1942. Los originales se atesoran en la biblioteca del Museo de la Ciudad (Oficina del Historiador). También puede verse en: Primer Congreso Nacional de Historia. Trabajos pre­parativos, actas, mociones y acuerdos, octubre 8-12 de 1942, t. I, Sección de Artes Gráficas del Centro Superior Tecnológico de Ceiba del Agua, La Habana, 1943, p. 55.

2 “Discurso del Dr. Emilio Roig de Leuchsenring en la se­sión inaugural del primer Congreso Nacional de Histo­ria”, en Primer Congreso Nacional de Historia, ob. cit., p. 55.

3 Ibidem, p. 56.

4 Ibidem, p. 57.

5 Ibidem.

6 Ibidem, p. 58.

7 Ibidem, p. 59.

8 Ibidem, pp. 59-60.

9 Ibidem, p. 60.

10 SCEHI: Primer Congreso Nacional de Historia, Acta de la sesión plenaria (tarde), 11 de octubre de 1942, p. 21. (Museo de la Ciudad).

11 Ibidem, Acta de la sesión de la mañana, “Sección de His­toria de Cuba”, 11 de octubre de 1942, p. 6. (Museo de la Ciudad).

12 Ibidem, pp. 6-7.

13 Ibidem, p. 8.

14 Ibidem, Acta de la sesión plenaria (tarde), 11 de octubre de 1942, p. 43. (Museo de la Ciudad).

15 Ibidem.

16 Ibidem.

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