Magdalena Peñarredonda: tres jefes y un ejército en una mujer

Articulo Divulgativo Historia

Por María Luisa García Moreno*

¿Quién es la mujer cuyo sepelio, efectuado tras su deceso ocurrido el 7 de septiembre de 1937, a sus 91 años de edad, constituyó una sentida manifestación de duelo popular y una ceremo­nia militar en la que se le rindió homenaje por sus notables servicios al Ejército Libertador?

¿Quién es la patriota que cultivó la amistad de los tres grandes próceres de nuestras luchas emancipadoras —José Martí, Antonio Maceo y Máximo Gómez— y de quien el mayor general del Ejército Libertador Pedro Díaz Molina afir­mó: “Gracias a Benito Gómez, Máximo Juárez y Maine —tres de los seudónimos que ella utiliza­ba—, tres jefes y un solo ejército poderoso […]”.

¿Quién es la cubana que, denunciada por su actividad conspirativa, fue encerrada en la Casa de Recogidas y allí se convirtió en defensora de los derechos de las presas y acusadora de los desmanes que en ese sitio cometía el régimen co­lonial?

Tres preguntas que encierran los hitos de una vida entregada a Cuba: la de Magdalena Pe­ñarredonda Dolley.

Había nacido en el pueblo de Quiebra Hacha, Pinar del Río, el 22 de julio de 1846. Era hija del capitán español Hilario Peñarredonda y de Ame­laide Dolley, descendiente de emigrantes france­ses. El padre, severo militar, era jefe del puesto de Quiebra Hacha y cumplía con celo sus tareas, orgulloso de sus antecesores, uno de los cuales había participado en la batalla de Trafalgar. Sin embargo, sus hijos eran criollos, habían nacido en esta tierra y la amaban.

Un día el capitán español fue avisado de que había sido hallado el cadáver, esposado y con numerosas heridas de bala y machete, de uno de sus hijos, de quien se sospechaba que era desafecto a España. Don Hilario, abrumado por el dolor, echó a la calle su sable, su uniforme, sus medallas… y se acostó a esperar la muerte.

Sus jóvenes hijas fueron cuidadas por la es­clava de la familia. Quizás por eso, con apenas quince años de edad, Llellena —Magdalena— fue casada con José Covielles, un comerciante asturiano, con propiedades en La Habana. Una vez en la capital, su casa de la calle San Ignacio se convirtió en sede de tertulias que contaban con la presencia de renombradas personalida­des, entre quienes se hallaban Manuel Sanguily Garrite, Alfredo Zayas Alfonso, Fernández de Castro y el poeta Julián del Casal.

La inquieta joven llevaba por dentro el dolor del asesinato del hermano y, en 1893, publicó al respecto un artículo en el periódico El Criollo, texto que la obligó a salir de la Isla. Fue precisa­mente en esta época y en Nueva York que cono­ció a José Martí, quien la cautivó con su palabra fácil y galana. Entre ambos surgió una hermosa amistad sustentada en ideales compartidos. A partir de entonces, Magdalena se vinculó a la labor conspirativa que realizaban el Partido Re­volucionario Cubano (PRC) y su delegado con el fin de alzar la guerra necesaria y con ese motivo, viajó a Estados Unidos en otras dos ocasiones.

De su amistad con el Apóstol conservaba un ejemplar de los Versos sencillos, que este le obsequió Magdale­na Peñarredonda, modelo de paciencia y de patrio­tismo. Su amigo respetuoso, José Martí”.

Al estallar la guerra, Magdalena, nombrada de­legada de Pinar del Río —de ahí otro de sus seu­dónimos: la Delegada—, arreció sus actividades conspirativas. Estuvo en contacto directo con Per­fecto Lacoste Grave de Peralta, presidente de la Junta Revolucionaria de La Habana, y con mon­señor Guillermo González Arrocha, quien la sus­tituiría, luego de su detención, como delegado.

Activa colaboradora del 6.º cuerpo del Ejército Libertador, era considerada por Antonio Maceo uno de los más valiosos auxiliares de la revolu­ción por sus servicios en el traslado de la corres­pondencia y en el abastecimiento a los mambises de comestibles, medicamentos e, incluso, armas y pertrechos, así como por su labor de inteligen­cia. En carta fechada el 7 de mayo de 1896, el Titán escribió: “No ignoro lo mucho que usted trabaja y ha hecho por nuestra causa, pero por lo mismo que son valiosísimos sus servicios, no me cansaré de rogarle que no desmaye y siga ayudándonos”. La devoción que Magdalena sentía por el general Antonio la llevó a conservar como reliquia hasta su muerte un trocito de tela manchada con la san­gre del Titán y una astilla de la madera del bote en que cruzó la bahía de Mariel en diciembre de 1896, poco antes de su caída en combate.

De igual forma, Magdalena sostuvo anima­da correspondencia con Tomás Estrada Palma, quien a la muerte del Apóstol fue designado delegado del Partido Revolucionario Cubano (PRC). Varios altos oficiales del Ejército Liberta­dor se escribieron con ella para solicitar o agra­decer su valiosa ayuda o para valorar sus servi­cios —como puede apreciarse en las palabras del mayor general Pedro Díaz, jefe del 6.º cuerpo, ci­tadas al inicio de este trabajo— o las del mayor general José Mayía Rodríguez Rodríguez, jefe del Departamento Occidental, en misiva de febrero del propio año: “Estimo cada vez más valiosa la cooperación de usted a nuestra causa común. Si hubieran abundado patriotas de las condiciones suyas, de seguro que ya sería nuestra Cuba inde­pendiente”. De igual modo, el también general Alberto Nodarse Bacallao, jefe de la brigada Sur de La Habana, el 18 de octubre de 1897, le escri­bió: “Confirmo, una vez más, el elevado concep­to que tengo formado de sus elevadas dotes de patriota de corazón […]”.

Su entrega a la causa la obligó a cambiar de domicilio en varias ocasiones para evadir a ene­migos y espías al servicio del colonialismo. No obstante, como ya se ha dicho, su actividad fue delatada y Magdalena apresada en la Casa de Recogidas, donde su inacabable espíritu de justi­cia la llevó a asumir con energía la defensa de las maltratadas prisioneras.

Al finalizar la guerra conoció a Máximo Gó­mez Báez, cuyo nombre, como el del prócer mexicano Benito Juárez, había combinado para formar dos de sus seudónimos más conocidos. Con el Generalísimo compartió una entraña­ble amistad, basada en su común amor a Cuba y en las decepciones que el final de la guerra y el advenimiento de la república les causaron. También estrechó lazos de amistad con María Cabrales, viuda de Maceo.

Durante la ocupación norteamericana, colabo­ró en la organización de la futura vida republica­na y, a partir de la frustración que le produjeron los primeros años de gobierno cubano, tomó la pluma para reiniciar el combate y se convirtió en sagaz periodista. Durante varios años escribió para reconocidos medios de prensa de la capital y la provincia.

La vida de Magdalena Peñarredonda Dolley es uno de los más elocuentes ejemplos de la en­trega de la mujer a la causa de la libertad y la prosperidad patrias.

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