Maceo es el símbolo del pueblo

Articulo Divulgativo Historia

Por María Luisa García Moreno*

[…] Tenía muchos nombres, pero todos
contenían la esencia de Maceo.
[…] Tronó en el Moncada y en la Sierra,
repitió la invasión con Guevara y Cienfuegos.
[…]Dio a su machete redentor el claro filo de los nuevos tiempos.
Se llamaba Fidel, pero era el mismo general Maceo.1
Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí

Concluida con éxito la Invasión el 22 de enero de 1896, en Mantua, el lugarteniente general Antonio Maceo Grajales protagonizó sus dos campañas en Pinar del Río. Las fuerzas bajo su mando se cubrían de gloria en aquel colosal accionar bélico, cuando el 3 de diciembre de 1896, el general Antonio comenzó a preparar su salida de la región y, al día siguiente, logró burlar la trocha de Mariel a Majana, en un pequeño bote. Su partida respondía a un urgente reclamo de Gómez, quien lo necesitaba en la sede del gobierno a causa del incremento de las contradicciones con el Consejo de Gobierno.

El 5 de diciembre acampó Maceo en La Merced y temprano, en la mañana del día 7, llegó a San Pedro, donde fue recibido con entusiasmo. Los allí reunidos eran unos cuatrocientos cincuenta mambises, mal armados y apertrechados.

Su tienda fue situada en una arboleda; muy cerca y al norte de esta fue ubicada su escolta, alrededor de treinta hombres, al mando del comandante Juan Manuel Sánchez Amat. Los regimientos se ubicaron alrededor y, además, fueron dispuestas tres avanzadas. La exploración cubana informó que operaba en la zona una columna enemiga, cuyo jefe decidió recorrer el callejón de San Pedro a Punta Brava.

Los españoles hallaron un rastro fresco el 7 de diciembre; lo siguieron hasta la avanzada de La Matilde, que fue arrollada en la sorpresa, acción tras la cual marcharon hacia el campamento mambí. Los tenientes coroneles Juan Delgado González y Alberto Rodríguez Acosta cargaron en su contra.

Miró Argenter sobre el combate de Coliseo, cuando oyó los disparos. Con 45 hombres avanzó hacia el lugar. Se detuvo para apreciar la situación y ordenó al brigadier Pedro Díaz Molina una maniobra que fracasó. Ante la alternativa de retirarse o reintentar, decidido a llevar el combate hasta el fin, optó por la segunda variante e inició un avance, que fue detenido por una cerca de alambre de púa, que apenas se veía.

El adversario arreció el fuego y Maceo resultó herido por un proyectil que entró por el lado derecho de su cara, cerca del mentón, y salió por el otro, rompiendo la carótida. El Titán se mantuvo unos segundos sobre el caballo y, luego, cayó herido de muerte. Su caída en combate provocó la consternación de quienes le acompañaban; su cuerpo quedó solo en aquellos matorrales, bajo el fuego enemigo. Un segundo impacto le había atravesado el tórax, cuando, ya muerto, intentaron subirlo al caballo para sacarlo de allí; pero el proyectil mató a la bestia y el cadáver cayó de nuevo al suelo.

El hijo de Gómez y ayudante de Maceo, capitán Francisco Gómez Toro, Panchito —no participaba en el combate, porque había sido herido en el brazo izquierdo el 3 de diciembre—, cuando supo de la caída del Titán, se dirigió de inmediato hacia el lugar donde el cadáver de Maceo yacía entre los matorrales, con la intención de morir junto a su jefe y maestro, en gesto de lealtad sublime. Con un brazo en cabestrillo, solo y casi desarmado, al llegar junto al cuerpo de Maceo se convirtió en blanco fácil para los españoles y pronto fue herido dos veces. Debilitado por la pérdida de sangre, trató de suicidarse para no caer vivo en manos del enemigo; pero perdió el conocimiento. El valiente joven murió macheteado con crueldad por un práctico español, que reconocía el campo de la acción en busca del botín.

Los cuerpos del Titán y su joven ayudante habían quedado a merced del enemigo… Cuando ya se hallaban en poder del adversario, las fuerzas del teniente coronel Juan Delgado arribaron a la cerca de piedras tras la cual se hallaban los cadáveres de Maceo y Panchito. El oficial mambí decidió rescatarlos. Los hispanos, que no habían identificado los restos, se retiraron sin ofrecer gran resistencia ante el ataque del pequeño grupo. De ese modo, los cadáveres del general Antonio y Panchito fueron recuperados por los libertadores, quienes el 8 de diciembre les dieron sepultura en un lugar secreto, en El Cacahual, donde, terminada la guerra, se erigiría un panteón costeado por suscripción popular.

Desde entonces, en El Cacahual, se halla el símbolo mayor de nuestra intransigencia revolucionaria, que no descansa y continúa combatiendo por la soberanía patria, porque Maceo es el pueblo.

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