Los primeros días de la victoria

Articulo Divulgativo Historia

por María Caridad Pacheco González

El 1.o de enero de 1959 fue un día decisivo para la Revolución Cubana, pues no solo se alcanzó la victoria, sino que se tomaron decisiones fundamentales para consolidarla. En horas de la madrugada, el alto mando rebelde, al frente del cual se encontraba el Comandante en Jefe Fidel Castro, tuvo los primeros indicios de que se había producido el colapso político-militar y moral del régimen dictatorial y la fuga de Fulgencio Batista. Junto a estas noticias se recibieron rumores, y luego la confirmación, de que se había efectuado un traicionero intento de golpe de Estado en La Habana.

El golpe fue preparado por un general del ejército, que violó un acuerdo previo pactado con Fidel, en contubernio con la embajada norteamericana, quienes trataron de imponer en la presidencia provisional al magistrado más antiguo del Tribunal Supremo. A esa traición se unió la extracción de la cárcel de Isla de Pinos de un militar oposicionista, un hombre afín a la CIA, para que asumiera el mando del derrocado Ejército Constitucional. Fidel, previendo la maniobra, advirtió que el único aceptado por la jefatura rebelde para tomar el mando en el campamento militar de Columbia, y el único que podría comunicarse con él, era el comandante Camilo Cienfuegos Gorriarán.

La intentona golpista fracasó, porque no se halló consenso ni siquiera dentro del resto de los magistrados y porque la acción de las milicias urbanas del Movimiento Revolucionario 26 de Julio no dejó espacio ni tiempo para que prosperara.

Ante tales acontecimientos, la dirección política de la insurrección armada y popular decidió la toma inmediata de Santiago de Cuba, el avance y la entrada a la capital de la República de las columnas no. 2 Antonio Maceo y no. 8 Ciro Redondo, al mando de Camilo Cienfuegos y Ernesto Che Guevara, respectivamente. Asimismo, Fidel ordenó a los jefes de los frentes y columnas que obtuvieran la capitulación de todas las ciudades, pueblos y guarniciones.

Finalmente, como colofón de las acciones que definirían la victoria revolucionaria, Fidel, en la mañana del día 1.o, convocó a todos los trabajadores y el pueblo a la huelga general revolucionaria y aseveró en su llamamiento: […] ¡La historia del 98 no se repetirá! ¡Esta vez los mambises entrarán en Santiago de Cuba!” Ese mismo día, las fuerzas rebeldes irrumpieron en Santiago de Cuba, tras la rendición pacífica e inevitable de la guarnición del cuartel Moncada.

En La Habana, la rapidez con que las dos columnas invasoras rebeldes operaron, dejó sin capacidad de reacción a los conspiradores contrarrevolucionarios.

El control militar y político asumido en el campamento de Columbia y la fortaleza de la Cabaña fueron garantía inequívoca de que el antiguo poder castrense se había desplomado. A ello se unió la inmensa y rotunda huelga general obrera y popular que prácticamente paralizó todo el país. A la victoria político-militar y moral se sumó el apoyo irrestricto de las masas populares.

El 3 de enero, la situación política y militar se esclareció para la dirección de la Revolución. Ese día se constituyó el Gobierno Provisional Revolucionario, al efectuarse la primera reunión del Consejo de Ministros, en Santiago de Cuba, la cual había sido proclamada temporalmente la capital del país. Posteriormente, el día 5, el Consejo de Ministros se trasladó a la capital. Para esa fecha, el Comandante en Jefe Fidel Castro ya había emprendido el recorrido desde Bayamo hacia la capital, en lo que se denominó Caravana de la Libertad, cuyo objetivo, según el propio Fidel, no era realizar una marcha triunfal, sino encontrarse con las masas populares, alertar que el derrocamiento de la tiranía era solo el preámbulo de grandes cambios y desafíos, y enfatizar que ninguna agrupación política podía adjudicarse el triunfo, porque este había tenido como único hacedor al pueblo, frente al cual “no puede ningún general, ningún ejército, porque […] es invencible”.

La llegada a La Habana de Fidel el 8 de enero fue apoteósica. En el discurso pronunciado en el campamento militar de Columbia, habló de la necesidad de la unidad de todas las fuerzas revolucionarias. La idea tenía un significado real en aquellos momentos, aunque también estratégico.

No podían existir espacios que condujeran a la escisión entre los revolucionarios y dieran margen de maniobras al imperialismo estadounidense.

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