Leal: el cubano más útil de su tiempo*

Articulo Divulgativo Historia

Por Rafael Acosta de Arriba**

“Es que vengo caminando desde hace mucho tiempo, desde hace muchas décadas,

el verdadero misterio es que yo viví, hace siglos, en otros cuerpos

y estuve aquí cuando se construyó el Castillo”.1

Eusebio LealSpengler

Escribir sobre Eusebio Leal2 sin el lenguaje del respeto y la pasión sería imposible. Además, se­ría indigno de su estatura moral como ser hu­mano. La noticia de su fallecimiento, aunque inminente, por estar al tanto de su situación de enfermedad, no dejó de ser estremecedora. Su presencia en nuestra sociedad era tan notoria y su quehacer social tan diverso, que el vacío que deja es enorme. Para la cultura, la pérdida es ma­yor aún. Es un hecho muy triste y doloroso.

Cintio Vitier escribió sobre Leal: “Tienes lo cu­bano, la emoción patria, en la punta de los de­dos, y de inmediato comunicas esa electricidad espiritual de nuestra familia deslumbrante”.3 Cierto de toda certidumbre. Apostillo ahora que más que en la yema de los dedos o a flor de piel, fue en su frente y en su corazón donde residían la cubanía y el patriotismo de Eusebio Leal; bien adentro, en el núcleo esencial de su ser, estaba anidado e irradiante su genuino amor por Cuba y por su historia.

He conocido a pocos hombres tan entrega­dos a su país como Leal. Su actividad diaria durante años al frente de la Oficina del His­toriador de la Ciudad (OHC) y los resultados del incesante trabajo que allí desplegó son sen­cillamente impresionantes. La pérdida, por lo tanto, se corresponde con su enorme aporte a la sociedad, a Cuba.

Después de tres décadas de nuestra sosteni­da amistad creo poder hablar sobre su persona y algunas de sus obsesiones. La admiración que ambos compartimos hacia Carlos Manuel de Cés­pedes contribuyó en mucho a enriquecer nuestra relación.

Fueron numerosas las conversaciones que sostuvimos sobre el Padre de la Patria, algu­nas en privado, otras en presencia del tataranieto del prócer, Monseñor Carlos Manuel de Céspe­des García Menocal, entrañable amigo de ambos. Juntos, fuimos Leal y yo a San Lorenzo, la cima de una montaña de la Sierra Maestra, recoleto lu­gar donde cayó el héroe en 1874.

Allí evocamos al gran bayamés en un intenso diálogo sobre el cual escribiré en algún momento. Su acertada expre­sión “Céspedes es la piedra angular de la histo­ria de Cuba”, la incorporé como una sentencia magnífica por su gran poder de síntesis.

Leal fue un conocedor erudito de nuestra his­toria y de la historia universal, a lo que le ayudó la portentosa memoria que poseía. Fue miembro de mérito de la Academia de la Historia de Cuba e integró múltiples entidades académicas y cien­tíficas en todo el mundo. Dejó una extensa obra escrita que es más bien la traslación al papel de sus piezas oratorias.

Sin embargo, Eusebio Leal será recordado principalmente por su obra social de rescate de La Habana histórica. Allí quedó y quedará para el futuro su obra humana superior, pues cada calle, cada pared, cada piedra de esa zona de la capital tiene la impronta de sus desvelos por reconstruirla o repararla.

Allí tiene también el amor hacia su persona de sus habitantes agra­decidos, de todos. Pude constatar en varias oca­siones, en fechas distantes unas de otras, que al paso de Eusebio por las calles de la vieja Habana los saludos afectuosos eran constantes, a veces un “Dios lo bendiga” y otras solo su nombre, “¡Eusebio!” y el brazo agitado a modo de ca­riñoso saludo; otras veces se le acercaban para plantearle cualquier problema de los tantos que aquejan a los habaneros y siempre, siempre, hubo para ellos un interlocutor atento.

Eso su­cedía constantemente y él se sentía gratificado con algo tan simple como afectuoso. Los haba­neros sabían que Leal se desvivía por que el de­nominado casco histórico floreciera de nuevo y tuviese una utilidad social, un destino de servicio a sus habitantes y visitantes. Poco a poco, en labor de décadas, Leal sacó de las garras de la desidia y del abandono, de la ruina física, edificios, lo­caciones y calles, convirtiendo a La Habana his­tórica en el espacio más atractivo y visitado de la capital.

De alguna manera, él redescubrió esa zona de la ciudad para sus propios habitantes. Con el objetivo de cumplir ese empeño creó una infraestructura y aglutinó a un entusiasta gru­po de colaboradores que lo siguió en la ciclópea tarea.

Leal ayudó a muchas personas que lo recipro­caron con amor y agradecimiento genuinos. Ese es el otro rasgo que me interesa subrayar en esta ocasión, su capacidad orgánica de ayudar a los menos favorecidos, a los ancianos, niños, enfer­mos y gente con muchas carencias, para los cua­les edificó hogares infantiles, parques, comedores para los ancianos solitarios, un hospital materno, escuelas de formación de técnicos en restauración y de otros tipo de enseñanzas —hasta una carre­ra universitaria sobre conservación del patrimo­nio—, diversos centros culturales, apartamentos para artistas e intelectuales sin casa, en fin, una gestión de ayuda vasta, sin par, a los necesitados y a los habaneros en general.

Por otra parte, transformó las ruinosas caso­nas coloniales en espacios para el arte y para la conservación, en museos. Es inabarcable la obra social y cultural que engendró. Cuidó el patri­monio como nadie. Fue un creador de rituales históricos que prendieron en la gente de la ca­lle reconectando con viejas tradiciones perdidas. En ese accionar desplegó la mayor parte de su grandeza ética y moral. Eusebio poseyó esa rara luz interior que define a los apasionados con las causas nobles.

Fue también un gran orador que ganó la aten­ción de todo tipo de públicos, tanto el culto como el más simple, ambos cautivados por el torrente de su cálida y vibrante voz. Creativo al hablar, podía fascinar a decenas o centenares de personas con su inteligencia y verbosidad. En una ocasión lo vi di­sertar en Madrid y el efecto fue el mismo que ante el público cubano: concentración y atención total por parte de los oyentes. Nunca le vi un papel en la mano, era pura improvisación y dominio de la expresión oral.

Fue sin dudas un hombre de su tiempo y su vi­sión se adelantó en algunas ocasiones a su épo­ca. Vislumbró la sociedad ecuménica y plural a la que aspiramos y lo hizo sin dejar de militar con entusiasmo y convicción en las filas de la Revo­lución. Sufrió incomprensiones y luchó contra el absurdo insular, que es resistente y tozudo; pero nunca se arredró ante las dificultades. Era un ser obstinado en busca de sus objetivos. Toda su andadura por el siglo xx y lo que va de la presente centuria lo convirtió en un cubano universal, con toda seguridad el más premia­do, condecorado y reconocido por las naciones y gobiernos del orbe. Fue el mejor embajador que tuvo la cultura cubana en las cuatro latitu­des, un hombre que tendió todo tipo de puentes desde la Isla hacia el mundo y gestionó los del mundo hacia la Isla.

Le hizo honor a su apellido, pues fue leal con sus amigos, en las buenas y en las malas, sobre todo en estas que es cuando de verdad la amis­tad se pone a prueba. Puedo dar fe de ello.

Enfrentó la adversidad con coraje y no dejó de trabajar hasta el último aliento. Cada vez que la enfermedad le daba un respiro, volvía Euse­bio a su trabajo como un gladiador a su pelea. Abatido su cuerpo y la voz quebrada, siguió trabajando frenéticamente por los festejos del 500 aniversario de La Habana, su amada Haba­na. Nadie la quiso tanto como él y los azares de la vida hicieron que la enfermedad se agravara precisamente en las vísperas del acontecimien­to, una trágica eventualidad. Así y todo, reunió fuerzas para presentar un libro o una revista, despedir el duelo de Alicia Alonso, inaugurar un castillo reformulado como institución cultural, atender brevemente a los reyes de España o pre­sidir una reunión y ocuparse de asuntos adminis­trativos. Eusebio, en un momento de gravedad de su enfermedad se desplomaba, pero volvía a erguirse, fue un gigante o un héroe del trabajo, como se prefiera. Jamás le dio tregua al dolor o al abatimiento. Noviembre del 2019 fue el escenario de una hombrada, de la demostración de todo un carácter.

Las últimas ocasiones en que conversamos te­lefónicamente sentí que la voz ya no era la mis­ma y eso me estremeció. De la habitual voz bien timbrada y la frase torrentosa no quedaba nada, solo un hilo de voz que se extinguía por sí mis­mo. Hablamos de encontrarnos posteriormente, lo que no pudo ser.

Es llorado por sus compatriotas con absoluta sinceridad. Será recordado por mucho tiempo. Las llagadas paredes y muros de La Habana ten­drán por siempre en sus ásperas superficies las huellas emotivas de sus manos. Como expresó poéticamente Fina García Marruz: “Cuando lo olviden los hombres, lo recordarán las piedras”.

A miles de amigos y conocidos nos deja sumi­dos en el dolor y la tristeza, pero recompensados por el privilegio de haberle conocido.

Dicen que José Martí expresó sobre Domingo del Monte que este había sido el hombre más útil de su tiempo, quiero apoderarme de la oración para aplicarla a Eusebio Leal, a sabiendas de que la tiene más que merecida: él fue, sin duda algu­na, el cubano más útil de nuestro tiempo.

Gracias, Eusebio, por ser quien fuiste, por tu entrega y por tu obra colosal y generosa. Des­cansa al fin.

Publicado en el Portal de cine cubano, septiembre del 2020.

* Dr. en Ciencias Históricas (1998) y Dr. en Ciencias (2009). Profesor titular de la Universidad de las Artes (ISA). Ac­tualmente es director de la Revista de la Biblioteca Nacional José Martí.

1 Palabras pronunciadas en la inauguración del Cas­tillo de Atarés como institución cultural, 14 de no­viembre del 2019.

2 Nació en La Habana, el 11 de septiembre de 1942 y murió el 31 de julio del 2020).

3 Cintio Vitier: “Pórtico”, El diario perdido. Carlos Manuel de Céspedes, Edición de Publicaciones S. A., La Habana, 1992.

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