JOSÉ MARTÍ EN EL JOVEN FIDEL. UNA REFLEXIÓN EN OCASIÓN DEL 70 ANIVERSARIO DE LA ENTRADA DEL LÍDER HISTÓRICO DE LA REVOLUCIÓN CUBANA A LA UNIVERSIDAD

Articulo Científico

Por María Caridad Pacheco González

Dra. en Ciencias Históricas y miembro del Secretariado de la Unhic.

Fidel Castro ha explicado en más de una ocasión cuáles fueron los factores esenciales que modela­ron su formación político-ideológica: el estudio autodidacta, su interés por la historia nacional y universal, el intuitivo rechazo a las teorías bur­guesas y el estudio de las obras de Marx, Engels, Lenin y Martí.

Las lecturas del Manifiesto comunista y otras obras fundamentales del marxismo y el leninis­mo, suministradas por la biblioteca del primer partido comunista de Cuba; la Historia de las doc­trinas sociales, de Raúl Roa, y muy especialmente el conocimiento del pensamiento martiano, con­tribuyeron a convertirle en lo que él ha denomi­nado un “socialista utópico”. Acerca de este mo­mento de su evolución, Fidel explicó a Frei Betto:

[…] Yo antes de ser comunista utópico o marxista, soy martiano […] fui siempre tam­bién un profundo admirador de las luchas heroicas de nuestro país […] Claro que Mar­tí no explicaba la división de la sociedad en clases, aunque era el hombre que siempre estuvo del lado de los pobres, y fue un crí­tico permanente de los peores vicios de una sociedad de explotadores […] […] Yo digo que en el pensamiento martia­no hay cosas tan fabulosas y tan bellas, que uno puede convertirse en marxista partien­do del pensamiento martiano […].1

Cuando Fidel ingresa a la Universidad a fina­les de 1945, Cuba vivía una de las peores etapas de su historia, en la cual se hacían evidentes los rezagos de la fracasada revolución del 33. Una de las más grandes frustraciones ocurrió a par­tir del arribo al poder, en 1944, de Ramón Grau San Martín, quien había participado en las lu­chas contra Machado y había formado parte del gobierno desde el cual Guiteras como ministro de Gobernación, promulgó algunas medidas de corte antimperialista y popular; sin embargo, una vez en la silla presidencial, se esfumaron rá­pidamente las expectativas que su arribo al go­bierno había provocado.

En esta época, el sentimiento antimperialista se había debilitado y en la universidad, que en otro tiempo había sido baluarte de esta corriente del pensamiento, había prácticamente desapa­recido. Ese era el centro universitario que Fidel encontró cuando matriculó como estudiante del primer año de la Escuela de Derecho. Elegido delegado de año y tesorero de su escuela por la FEU, en 1947, ya se encontraba involucrado en acciones a favor de los derechos democráticos de todo el pueblo, la defensa de la soberanía nacio­nal y en movimientos de solidaridad con Puerto Rico y República Dominicana.

En un gran acto de masas celebrado el 6 de no­viembre de 1947, en el cual participó como uno de los principales oradores, proclamó los objeti­vos de lucha de la FEU:

En lo universitario, procurar la mayor vin­culación entre estudiantes y profesores a través de la reforma del Alma Mater. En lo nacional, luchar por crear iguales vínculos en todas las capas sociales creando la uni­dad de lucha del pueblo para conseguir verdadera independencia, su liberación económica, su soberanía política y sus libertades democráticas. La definitiva emancipación de nues­tra patria es el propósito fundamental de la Universidad.2

Periódicos nada sospechosos de ser progre­sistas o profesar tendencias de izquierda, como Información y El Mundo, dieron amplio destaque al acto y reseñaron de esta manera los pronun­ciamientos hechos allí:

El planteamiento hecho dentro de los ata­ques y críticas al gobierno, comprende la lucha antiimperialista, reforma agraria, so­cialización de la marina mercante, reforma de la primera y segunda enseñanzas, res­peto a la Constitución y las leyes, tribuna­les populares para juzgar a los que se han enriquecido desde el Gobierno, y elecciones honradas; todo ello, repitieron, por medio de la lucha unitaria de los estudiantes, los campesinos, los obreros, los hombres y mu­jeres del pueblo.3

El periódico El Mundo, a su vez señaló: “Casi todos [los oradores] hicieron especial referencia al ‘imperialismo yanqui’”.4

En años posteriores, el joven Fidel estuvo pre­sente en manifestaciones de protesta por la vio­lación de la autonomía universitaria, la defensa de la industria azucarera que enfrentaba la res­tricción de la cuota de importación al mercado norteamericano, el apoyo a las luchas obreras para defender los salarios amenazados con nue­vas reducciones y contra los embarques de azú­car a granel, el aumento del pasaje del transpor­te urbano y la cuota sindical obligatoria.

En 1948, Fidel llamaba a desarrollar un gran movimiento de protesta en todo el continen­te contra el colonialismo y la subordinación de nuestra América al imperialismo, como paso pre­vio al I Congreso Latinoamericano de Estudian­tes que se celebró en oposición a la Conferencia de la OEA, patrocinada por Estados Unidos, en Bogotá, Colombia. Con este fín, Fidel estableció contacto con líderes políticos y de organizaciones juveniles de varios países latinoameri­canos.

Como resultado de las discusio­nes, la cita estudiantil se pronunció en favor de la independencia de Puerto Rico, el derecho de Panamá a la soberanía del canal, la devolución a Cuba del territorio ocupado por la base naval de Guantánamo y las Islas Malvinas a la Argentina, así como por la eliminación del colonialismo en América y por las libertades democráticas. En estos acuerdos se aprecia con nitidez la doctrina martiana acerca de la solidaridad antimperialis­ta, tan vital para la independencia y la prosperi­dad económica del subcontinente.

Consecuente con la idea martiana de “Patria es humanidad”, Fidel se sumó al combate en el levantamiento que protagonizó el pueblo co­lombiano como respuesta al asesinato de Jorge Eliecer Gaitán, quien aspiraba por amplio mar­gen a la presidencia de ese país, y sofocada la su­blevación, en la cual obtuvo una imprescindible experiencia revolucionaria, salió de Colombia para de inmediato continuar la lucha en Cuba.

En 1949 era incuestionable el crecimiento del movimiento popular revolucionario a pesar de la violenta ofensiva a que era sometido. Tras una fase de defensa, y consolidación, las fuerzas re­volucionarias se lanzaban a recuperar el terreno perdido, amenazando seriamente las bases del poder oligárquico representado por una “demo­cracia burguesa” en franca bancarrota.

En este contexto ocurrió un hecho que motivó la más amplia repulsa de las masas y caló muy hondo en el sentimiento patriótico de nuestro pueblo. El 11 de marzo de 1949, un grupo de ma­rines yanquis, en estado de embriaguez, profa­naron la estatua de José Martí en el Parque Cen­tral. El rechazo popular fue vigoroso y tuvieron lugar manifestaciones y actos de repulsa, en las que intervino, entre otros, Fidel Castro, quien llevó a cabo con su proverbial rebeldía intensos ataques al gobierno por permitir un hecho de tal naturaleza.

A inicios de la década del cincuenta, Fidel ya había comprendido que el proyecto revoluciona­rio cubano debía fundamentarse de forma arti­culada con las ideas martianas más avanzadas y las concepciones marxistas y leninistas. Ello podía plantearse porque la independencia na­cional, en la época de madurez del imperialismo como sistema mundial, tenía que proyectarse hacia el socialismo, en tanto las contradicciones políticas y económicas derivadas de la absorción de las economías nacionales por los monopolios yanquis, y el desarrollo y consolidación del mo­vimiento obrero hacía posible que la revolución política y social formaran parte de un proceso único e ininterrumpido que podía desarrollarse bajo una misma dirección revolucionaria. Tam­bién se había percatado de que el nuevo proyec­to revolucionario solo tendría vías de realización si se instrumentaba una nueva concepción tácti­ca y estratégica, partiendo de la experiencia acu­mulada en procesos revolucionarios anteriores.

Fidel contaba para llevar a cabo esta ingente tarea con el método político martiano, en el cual la historia y el estudio de las fuerzas sociales y características específicas del país desempeña­ban un papel fundamental para trazar los objeti­vos tácticos y estratégicos en la nueva etapa de la revolución. De igual modo, partía de presupues­tos esenciales de la doctrina martiana: en política hay que deslindar lo esencial de lo fenoménico, hallar soluciones propias a los problemas pro­pios, considerar la formación ideológica de las masas populares como jefes de las revoluciones verdaderas, la propia lucha sería un medio de concientización de las masas, era posible hacer una revolución victoriosa contra el ejército por­que los principios programáticos de esa revo­lución propiciarían que parte de ese ejército se incorporara al torrente revolucionario. Su mag­nífico alegato en el juicio por los sucesos del Moncada y la lucha guerrillera en la Sierra Maes­tra, corroboraron en la práctica la justeza de la aplicación creadora de estos presupuestos.

1 Fidel y la religión. Conversaciones con Frei Betto, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1985, pp. 158-159.

2 Información, La Habana, 7 de noviembre de 1947, p. 27.

3 Ibidem, p. 1.

4 El Mundo, La Habana, 7 de noviembre de 1947, p. 1.

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