JOSÉ DE LA LUZ Y CABALLERO. EDUCACIÓN Y POLÍTICA VALORACIONES MARTIANAS

Articulo Científico

Por Ibrahím Hidalgo Paz

Dr. C. Investigador titula, Centro de Estudios Martianos.

José de la Luz y Caballero es reconocido como el más alto ejemplo de educador del siglo xix en Cuba y de los más destacados de nuestro conti­nente en su época. Es comprensible, por tanto, el énfasis conferido a este aspecto del pensamien­to del insigne patricio, a quien se considera, en sentido general, como un hombre apartado del fragor de la política.

A esta valoración contribuyen su dedicación y actitudes durante los primeros lustros de su vida, iniciada en La Habana el 11 de julio de 1800, pues a los doce años ingresó en el convento de San Fran­cisco, donde su tío, el presbítero José Agustín Ca­ballero, dirigió los pasos de su educación, instán­dolo al estudio profundo y continuo de todos los saberes de su época, modo adecuado, a su enten­der, de generar y desarrollar el pensamiento y la actitud ética.

En 1817 recibió el grado de bachiller en Filosofía, y tres años después el de bachiller en Leyes. Pa­ralelamente había solicitado el ingreso a la carrera sacerdotal en el Seminario San Carlos, y en 1819 fue admitido a las órdenes menores de esta.1

A los estudios de Derecho, filosóficos y teológi­cos, se unieron los de las ciencias naturales y lite­ratura española y universal, lo que contribuyó a conformar su universo espiritual. Aunque llegó a tomar los hábitos clericales, renunció a esta opción y dedicó su vida al magisterio. Sin hacer dejación de sus principios cristianos, fue aislándose de los dog­mas y la práctica social de la Iglesia católica, defini­da en su función de defensora del colonialismo y la esclavitud por un clero eminentemente peninsular, que marginaba al criollo. Todo induce a que el rigor ético y científico de su modo de concebir la realidad, sin negar su religiosidad personal, lo inclinó hacia el rechazo a las trabas impuestas a la renovación concebida por la racionalidad moderna, que “[…] se abría paso y, con ella, el nacimiento de un pen­samiento cuyo signo constituía el conocimiento y la búsqueda de una verdad que no era sólo de fe”.2

A estas características han prestado atención po­cos estudiosos de su obra, quienes han puesto de relieve la activa participación del director de El Salvador en las discusiones en torno a la conducción de los asuntos públicos, en las que estuvo in-merso la mayor parte de su vida, y analizan el carácter político trascendental y profundo de sus propuestas sobre la transformación de la educación en su época. Manuel Sanguily fue el primero en advertir el error de considerar la tra­yectoria de Luz como una línea continua y valoró diferentes etapas en su desarrollo, que explican los cambios sufridos por aquel ser humano sensi­ble y de precaria salud.

La polémica del veterano mambí con José Igna­cio Rodríguez puso de relieve cuánto había influi­do en determinados sectores la visión tendenciosa de este en la conformación de una imagen distor­sionada del maestro ejemplar y, a la vez, en sentido opuesto, evidenció cómo prevalecía en las amplias masas del país y de las emigraciones el reconoci­miento y la veneración mayoritarios a su persona, el respeto hasta entre sus opositores ―compro­metidos a rendirle homenaje oficial―, así como la participación masiva, multitudinaria en el entie­rro, el 23 de junio de 1862, de quien en vida era, y continuó siendo, un símbolo de entereza moral, de honestidad cristiana, de modesta sabiduría y, por sobre todo, del más puro patriotismo.

La intuición de los defensores del colonialismo —no el conocimiento de su obra— desató las ex­presiones de odio irracional contra aquel maes­tro débil y enfermo que, aun desde el humilde lecho donde murió, libró su última protesta en actos contra el régimen arbitrario que asfixiaba a su patria, al rechazar los servicios de los repre­sentantes de la iglesia servidora del opresor, y entregó su alma al dios en que creía, sin apelar a intermediarios moralmente degradados.

La valentía política, de raigambre ética, solo puede ser menospreciada por los viles. Las bio­grafías de Rodríguez y Sanguily3 muestran, desde posiciones contrapuestas, al hombre en toda su entereza, así como las actitudes de Luz y Caballero en momentos decisivos de su vidaEs imposible dejar de sentir admiración hacia aquel pro­fesor que con solo veinticua­tro años, en la inauguración del curso de Filosofía en el Seminario de San Carlos, proclamó a Félix Varela como su “ilustre y siempre apreciable maestro y predece­sor”, se comprometió a hacer cuanto estuviera de su parte “para mostrarme tu digno discípulo”, y afirmó: “seguiré el camino que me has traza­do”.4 No solo se requería honestidad intelectual para hacer una declaración pública de tal magni­tud, sino poseer una valentía personal que linda­ba con la osadía, pues el padre Varela había sido condenado a muerte por el rey y continuaba su labor independentista en Estados Unidos con la publicación de El Habanero, sin hacer concesión alguna al régimen tiránico.

Conocida era, igualmente, la defensa asumida por Luz de su amigo José Antonio Saco con mo­tivo del decreto de destierro dispuesto por el ca­pitán general Miguel Tacón, harto conocido por su odio hacia los criollos. Era previsible que este llegara a saber, en algún momento, que la Repre­sentación ―firmada por Saco―, que le entregara el maestro habanero se debía a su autoría, lo que no arredró al honesto defensor ante posibles re­presalias.5

Debió trascender, asimismo, como la más alta expresión de valentía política, su retorno desde Francia, en medio del sanguinario proceso re­presivo conocido como Conspiración de la Es­calera, dirigido no solo al aplastamiento de las rebeliones de esclavos, sino al enriquecimiento de funcionarios civiles y militares mediante la expropiación de los pequeños burgueses negros y mulatos, a quienes se deseaba eliminar como estrato social. Luz y Caballero fue acusado de abolicionista y de mantener vínculos con el ex­cónsul inglés David Turnbull para provocar la sublevación de dotaciones, por lo que se decretó su detención. A pesar del peligro de encarcela­miento y torturas decidió enfrentar a las auto­ridades coloniales, como ejemplo de dignidad frente a aquella nueva mani­festación arbitraria e inescru­pulosa de un poder totalitario y opresor.6

Estos hechos demuestran la entereza moral de un hombre consecuente con sus princi­pios, dispuesto a mantenerlos y defenderlos aun en las condiciones más desfavorables, y de asu­mir las consecuencias de sus actos. Tales caracte­rísticas se unen a las ya mencionadas, para reve­lar a un ser humano que, a pesar de los múltiples matices contradictorios que pudieran hallarse en las motivaciones políticas de sus actos e ideas, se convirtió para la mayoría de los patriotas cuba­nos en paradigma de ética patriótica.

En su época, y aun en la actualidad, quien fue un agudo polemista generó opiniones diversas y encontradas. En dos tendencias extremas pu­dieran resumirse las argumentaciones principa­les en cuanto a su pensamiento y su actuación políticas. Expresado de modo esquemático, de una parte se hallan quienes lo han considerado antiseparatista, defensor de los intereses de la oligarquía esclavista, educador al servicio exclu­sivo de estos y católico ultramontano, entregado devotamente a la Iglesia. A esta visión se con­traponen las de un propagandista del separatis­mo, activista de la abolición de la esclavitud, quehizo del aula tribuna de difusión política y, por último, materialista y ateo.7

Estas polarizaciones carecen de fundamento documental y se alejan de una valoración histó­rica acertada. No obstante, hasta las desmesuras sirven para encontrar las vías hacia la verdad. Se­ría erróneo, por tanto, obviar las opiniones acerca del peligro que para los colonialistas significaba la influencia del noble patriota sobre su pueblo. Las intenciones malsanas contribuyeron a que ganara solidez y se justificara “la creencia popu­lar y patriótica”8 en la proyección revolucionaria de las palabras y los hechos de Luz y Caballero, como explicó Sanguily, pues desde los años se­senta del siglo xix no era concebible para la ma­yoría que el patriotismo estuviera separado de la concepción de una Cuba independiente y de la acción para alcanzar este ideal, por lo que, in­cluso, algunos lo presentaron como precursor de la guerra iniciada en 1868, lo cual no se atiene estrictamente a la verdad.

1 Véase Salvador Bueno: “José de la Luz y Caballero, maestro y pensador”, en Figuras cubanas del siglo xix, Cuadernos de la Revista Unión, Ediciones Unión, La Haba­na, 1980, pp. 29-30. 2 Alicia Conde Rodríguez: “José de la Luz y Caballero. Las raíces de una cubanidad pensada”, en José de la Luz y Caballero: Obras. Aforismos (vol. I), Ensayo introductorio, comp.y notas Alicia Conde, Biblioteca de Clásicos Cuba­nos, Ediciones Imagen Contemporánea, La Habana, 2001, publicado en Biblioteca Digital de Clásicos Cubanos. Orígenes del pensamiento cubano I (hasta 1868), Fundación Mapere Ta­vera y Casa de Altos Estudios Don Fernando Ortiz, Univer­sidad de La Habana, 2001, pp. 18-19.3 Me refiero a las obras de José Ignacio Rodríguez: Vida de don José de la Luz y Caballero, corregida y aumentada, Nueva York, Imprenta y librería de N. Ponce de León, 1879 y de Manuel Sanguily: José de la Luz y Caballero (Es­tudio Crítico), La Habana, Consejo Nacional de Cultura, La Habana, 1962.

4 José de la Luz y Caballero: “Discurso pronunciado en el Seminario de San Carlos […] 14 de septiembre de 1824”, en Obras, vol. III, pp. 1-2. Véase Alicia Conde: “J. de la Luz. Raíces”, Obras, vol. I, ob. cit., pp. 21-22.

5 Alicia Conde: “J. de la Luz y Caballero. Las raíces…”, ob. cit., vol. I, p. 21-22 y Ramiro Guerra Sánchez: José de la Luz y Caballero como político, Universidad Central de Las Villas, Santa Clara, 1957, pp. 30-35.

6 Manuel Sanguily: Ob. cit., pp. 160-166 y 193-202; Alicia Conde: Ob. cit., vol. I, pp. 56-57.

7 Todo el libro de José I. Rodríguez pretende los primeros objetivos, como en su momento señaló Sanguily, quien ofrece una valoración acertada de la obra de Luz. Sobre el tema, véase Carlos Rafael Rodríguez: “José de la Luz y Caballero”, en Letra con filo, Ediciones UNIÓN, La Ha­bana, 1987, t. 3, p. 96 y 105-108.

8 Manuel Sanguily: Ob. cit., p. 253; véanse, además, las pp. 251-252. Este autor explica el fenómeno y argumen­ta con justeza la falta de base de tal creencia. Véase Ali­cia Conde: Ob. cit., vol. I, pp. 2-4..

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