Fontán, un mito hecho realidad

Articulo Divulgativo Historia

Gerardo Abreu Fontán, el extraordinario com­batiente de la clandestinidad en La Habana, ha­bría cumplido 90 años este 24 de septiembre, si los sicarios de la tiranía no hubieran destroza­do su cuerpo. Para recordar su grandeza, nada mejor que este fragmento de las palabras que pronunció Ricardo Alarcón de Quesada1 —su subordinado en las filas del MR-26-7—, en el acto por el 50 aniversario de su asesinato:

[…] La memoria de los mártires no puede ser un culto reservado a quienes los conocimos y tuvi­mos el privilegio de luchar junto a ellos. La Patria necesita que su memoria perdure y se haga con­ciencia en las mentes y los corazones de quienes no los conocieron, de los que nacieron después que ellos cayeron. Que sean patrimonio vivo es­pecialmente de los más jóvenes, de los jóvenes de hoy y de mañana.

[…] Hay ciertamente un misterio difícil de expli­car. Aquel niño se transformó en héroe. Él, que no había nacido aquí, se levantó desde la mise­ria hasta convertirse en jefe indiscutido, y crear barrio por barrio la mayor fuerza revolucionaria de la Capital, y a dirigirla, con su carisma y sus dotes organizativas excepcionales. Nos educó en una disciplina, una austeridad y una ética que nos parecían venidas de otro mundo.

Pacientemente, afrontando los peligros, re­corrió nuestras calles, habló con todos, edificó paso a paso las brigadas juveniles del 26 de julio que crecieron y se afirmaron a pesar de nuestra inexperiencia, como surgidas de la nada en una ambiente hostil, sin recursos de ningún tipo, en medio de la corrupción, el desánimo y la más fe­roz represión.

Entonces, cuando era difícil creer en alguien, poco a poco, escuchábamos un nombre repetido en susurros que circulaban por las esquinas con una magia portadora de extraña esperanza. Fon­tán era el nombre.

Llegó a ser para nosotros un mito. Él, que no había avanzado en la enseñanza elemental, di­rigió a los jóvenes y estudiantes de la Capital y ninguno dudó nunca que Gerardo era el más ca­paz, el más sensible, el más profundo de nues­tros compañeros.

Antes de conocerlo personalmente, había co­nocido la leyenda. Lo suponía alto, corpulento, y fuerte. Lo vi avanzar por aquel pasillo del apar­tamento de la calle Monte. No era el gigante que imaginaba. Era más bien como yo. Pero más cul­to, más inteligente, con unos modales que mis abuelos hubieran querido para mí.

Nos habló siempre como un maestro a sus discípulos. Nos enseñó que las armas, las poquí­simas que pudimos ver en aquella época, eran sólo instrumentos inevitables y que la violencia revolucionaria no era un fin en sí misma sino la única vía que teníamos para conquistar nuestros sueños de libertad y justicia. Alguna vez nos criticó que permaneciéramos en un lugar que era conocido por un compañero que había sido apresado por los agentes de la dictadura. Hay que respetar las reglas de la clandestinidad. No se puede confiar en que nadie resista la tortura, nos dijo con naturalidad y todos, como siempre, lo obedecimos.

Recuerdo cuando hablaba de poesía, de lite­ratura ¿Quién iba a pensar entonces que aquel era un pobre negro que no había vencido el cuarto grado? Recuerdo sobre todo el honor más grande de mi vida. Ningún otro se compara con aquel. Cuando me encomendó ocuparme, bajo su mando, de la sección estudiantil de aquella formidable organización creada por él.

Él fue por encima de todo un artista, el más grande de mi generación. Su vida fue su mayor creación. Él se hizo a sí mismo, obra perfecta, inimitable. Si no hubieran acabado tan brutalmente su existencia cuando apenas tenía 26 años, Gerardo no sólo sería hoy uno de los principales dirigentes de Cuba sino que habría sido también uno de los más destacados intelectuales cuya labor creadora habría animado estos largos años de heroica resistencia.

Vuelve febrero y con él la Feria del Libro. Mi­llones de cubanos participarán en esa admirable fiesta de la cultura y el espíritu. Buscarán afa­nosos los más variados textos. Irán a escuchar a poetas y escritores. Será inútil sin embargo el es­fuerzo por encontrar sus poemas, sus ensayos, o por escuchar su voz limpia, cálida, recitando los mejores versos de los negros y los pobres.

¿Inútil? ¿No es acaso su voz la que nos dice la elegía que también pudo ser escrita para él?:

Fue largo el viaje y áspero el camino Creció un árbol con sangre de mi herida Canta desde él un pájaro a la vida La mañana se anuncia con un trino.2

Gerardo, sé que puedo decir en nombre de to­dos tus compañeros que siempre te guardamos fidelidad absoluta, que siempre acatamos lo que tú, con firmeza pero también con ternura, orde­nabas. Sólo una vez te faltamos. Hace hoy exac­tamente cincuenta años. Nadie buscó refugio o protección. Nadie dudó un instante y no cumpli­mos tu consejo. Confiábamos en ti, sabíamos que eras un gigante, un mito hecho realidad.

Estabas completamente solo, en la mayor so­ledad, frente al horror. Lo sabías todo pero nada dijiste. Te torturaron con indecible crueldad pero de tus labios no brotó un solo nombre, ni un dato. Despedazaron tu cuerpo pero tu respuesta fue el silencio hasta el final.

Por nosotros sufriste los peores tormentos. Por nosotros y por nuestra causa, por Cuba, en­tregaste tu vida. Tu noble, generosa, irrepetible vida.

¿Qué más decirte hoy?

Comandante Fontán, hasta la victoria siempre

1 Ricardo Alarcón de Quesada (Cuba, 21 de mayo de 1937-1.o de mayo del 2022). Integrante del MR-26-7. Tras el triunfo de la Revolución fue presidente de la FEU, miembro de la dirección nacional de la Asociación de Jóvenes Rebeldes y del Buró Nacional y Secretario de Relaciones Exteriores de la UJC, diplomático, vicemi­nistro y ministro de Relaciones Exteriores, embajador de Cuba en la ONU, presidente de la Asamblea Nacio­nal del Poder Popular, entre otras responsabilidades. Fundador del PCC y miembro de su Buró Político hasta el año 2013.

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