ELOGIO A LOS PROFESORES DE MÉRITO POR EL CINCUENTA ANIVERSARIO DE LA ESCUELA DE HISTORIA

Articulo Científico

Por Eduardo Torres-Cuevas

Dr. C. Director del Programa Martiano y de la Acade­mia de la Historia.

Superación permanente y constante. Con el na­cimiento de la República mediatizada, surgió la necesidad de empezar a dar forma a la historia de una nación, que apenas esbozaba, cercenada, sus primeros pasos. Fue en el campo de las ideas y de los estudios históricos donde se dieron los más fuertes debates en defensa de una ya his­tórica cultura aún sin forma y de una cultura histórica que nos ayudara a entendernos a no­sotros mismos y a estudiar nuestros problemas. Durante años, el debate fue de personalidades más que de escuelas o tendencias historiográfi­cas; pero esas personalidades permitieron elevar los estudios sobre la historia de Cuba a niveles de respeto internacional. Ramiro Guerra, Emilio Roig, Fernando Ortiz y tantos otros cuyos nom­bres apenas si aparecen en las referencias histó­ricas como Enrique Gay Calvó, Emeterio San­tovenia, José Luciano Franco, Herminio Portell Vilá, Leopoldo HorregoEstuch, Leonardo Gri­ñán Peralta, Elías Entralgo y Roque Garrigó. Es­tas referencias solo sirven, en este caso, como un muestrario de aquellos que permitieron iniciar un proceso revolucionario en el campo de los es­tudios históricos. No obstante, nuestras univer­sidades carecían de una carrera de Historia que diera coherencia, sobre todo en la perspectiva metodológica e investigativa a los estudios his­tóricos; que sistematizara, que profundizara, con rigurosos métodos académicos estos estudios.

La carrera de Historia, que nace en 1962 en nuestras universidades y, en particular, en nues­tra Universidad de La Habana, es hija legítima de un proceso más amplio que transformaba todo el país: la Revolución Cubana. Tal como había pronosticado Julio Antonio Mella, era necesaria una revolución social para que se produjese una reforma universitaria. Los pro­fundos cambios que se operaban en todo el país necesariamente debían producir una revolución universitaria capaz de generar los científicos y profesionales que permitieran iniciar una mar­cha ascendente desde el conocimiento en las más variadas especialidades. Se llamó entonces reforma universitaria, por razones históricas, a lo que en realidad era una profunda revolución.

No era tampoco la revolución universitaria un hecho aislado, sino una necesidad, consecuencia de la verdadera revolución cultural del país. La Campaña de Alfabetización, la del sexto grado, la de noveno grado, la creación de las Facultades Obrero Campesinas, la promoción de la lectura —bajo la premisa antidogmática fidelista de “[…] no le vamos a decir a nuestro pueblo cree, sino lee”— condicionó todo un ambiente social y cul­tural en el cual la historia se convirtió en el centro mismo de los debates y conversaciones cotidianas.

Fue la Escuela de Historia una hija legitima de este proceso, no solo porque la Revolución era una revolución histórica, sino también porque era más necesario el conocimiento de nuestra historia para las presentes y futuras generacio­nes. Por otra parte, hay que reconocer que los estudios sobre América Latina, África y Asia eran rarezas y, por lo general, inconexos y con información extremadamente limitada. Crear una Escuela de Historia cubana implicaba un amplio currículum de asignaturas, tanto de for­mación cultural, como metodológicas e investi­gativas, a lo cual se añadía el estudio de la His­toria Universal, en primer lugar la de América Latina, Asia y África desde nuevas perspectivas que permitieran graduar investigadores capaces de penetrar en todos estos campos del conoci­miento. Se partió prácticamente de proyectos, incluidas las asignaturas que debían irse mode­lando, perfeccionando y ajustando en la medida que se ganara experiencia, se profundizara en los conocimientos desde una amplia perspectiva y se experimentaran las primeras investigaciones.

La reforma universitaria le dio a la carrera de Historia el espacio de una escuela dentro de la Facultad de Humanidades; durante 14 años de­sarrolló y dio base a los estudios históricos uni­versitarios. Aquel primer claustro tuvo nombres de extraordinaria valía para los estudios poste­riores. Algunos más reconocidos por sus obras, como Alejo Carpentier, Estrella Rey, Hortensia Pichardo, Manuel Galich, Sergio Aguirre y Fer­nando Portuondo. Otros trabajaron en la for­mación de un pensamiento histórico, de una es­tructura docente o simplemente en el cotidiano enfrentamiento del aula como Sergio Benvenuto, Carlos Díaz, Gustavo Du Bouchet, Carlos Fonta­nella, Olga López y Beatriz Maggi.

Si mérito tiene iniciar una obra, no menos lo tiene continuarla, profundizarla, sostenerla y cuidar de su calidad y de su capacidad de estar presentes en cada una de las circuns­tancias que así lo ameriten. Du­rante cincuenta años, día a día, mes tras mes, año y año, el claustro se renovó, se en­riqueció y sostuvo, la calidad de la docencia y su entrega desinteresada a todos los avatares que nuestra historia más reciente ha tenido que enfrentar. Milicianos y milicianas todos, desde los batallones universitarios hasta la Milicias de Tro­pas Territoriales; durante años cubriendo las más diversas formas de los trabajos productivos —los más veteranos recordarán aquellos tres por uno en el campo y en las cuidades—; las investiga­ciones en diversas partes del país y, como co­lofón, una producción intelectual que aún está por evaluar y cuantificar; pero que hoy es arma certera del conocer nuestra historia para hinchar la cultura, las ciencias, las artes y todo aquello que se relacione con los semillas y frutos de una cubanidad labrada con el cincel delicado del ar­tesano de la historia. No puedo menos que hacer referencia, aunque no los puedo nombrar a to­dos, a los más de cuarenta profesores y traba­jadores de la carrera de Historia que ya hoy no nos pueden acompañar. En esa lista estarían los nombres de pilares como Manuel Galich, Carlos Fontanella, Olga López, Sergio Aguirre, Sergio Benvenuto y Gustavo Du Bouchet. Otros como Pablo Arcos, Ramón de Armas, Bertha de Ma­las, Mirian Fernández y María Antonia Márquez se nos fueron demasiado pronto. Pero cómo no recordar entre nosotros a esas figuras que sostu­vieron el quehacer científico y los conflictos coti­dianos de nuestra escuela. Quienes no recuerdan a Sara Fidelzait, con llave al cuello, cuidando la biblioteca de la Escuela de Historia, que ella, paciente, meticulosa y exigente iba armando o María Isabel Dueñas, la secretaria inolvidable de la escuela. Un día como hoy, creo que rendimos tributo también, al rendírselo a la obra, a aque­llos que tanto contribuyeron a ella.

Existe, sin embargo, un modo de expresar cuánto la Escuela de Historia ha significado, significa y significará para la historia de nues­tra universidad y de toda la universidad cubana. Y es que hoy rendimos especial homenaje a los nuevos Profesores de Mérito de la Universidad de La Habana que forman parte de este claustro de historiadores. Creo que también lo hacemos al expresar nuestro elogio, a los Profesores de Mérito ya desaparecidos: Sergio Aguirre, Manuel Galich, Pelegrín Torras, Elías Entralgo y Enrique Sosa.

La Universidad de La Habana, al conferir la condición de Profesores de Mérito, reconoce el aval científico, docente, moral y ético de aquellos a los que así se otorga esta condición. Reconoce también su condición de investigadores, estudio­sos y revolucionarios, que han estado, no un día, ni un mes, ni un año, por el contrario, han entre­gado su vida, sus horas de desvelo, sus renuncias a descansos y placeres por la obra de dar a los es­tudiantes, a sus compañeros y al pueblo todo de Cuba, la pasión por la creación, la pasión revolu­cionaria por un pueblo más culto, más conocedor de sí mismo y con un lugar internacional respe­table por la calidad de la obra que han realizado. No son los años de servicios los que dan el mérito, son los años de entrega y creación; es la obra de formación; es el resultado con calidad.

Siento especial orgullo al mencionar sus nom­bres, porque a todos ellos me une el respeto, el reconocimiento a lo que vi que creaban en un aula o en un libro. Me une el respeto y el cariño que solo nace de la admiración personal, porque sé que los que se aproximen a sus vidas y sus obras, comparten conmigo estos sentimientos. Me refiero a la doctora María del Carmen Bar­cia, que si bien ya pudiera acumular títulos su­ficientes para gozar de un apacible retiro sigue hoy más activa y más profunda en la medida que la experiencia le ha ganado el espíritu. Mu­chos la recordaran como profesora de Historia Antigua o como la joven directora de la Escuela de Historia y, aunque no está en la lista de los fundadores de la carrera, ello es solo por meses. La Dra. Barcia Zequeira ha dejado ya una obra escrita, la cual es imposible no consultar.

También recibe su condición de Profesora de Mérito Digna Castañeda, de las primeras alum­nas de la escuela y quien representó la entrada en la universidad de los sectores más discriminados de nuestro país, mujer, negra, enfrentó prejuicios e hizo obra. No menos significativa es la condi­ción de Profesor de Mérito a la Dra. Lilian Morei­ra, rigurosa, siempre al tanto de los detalles, en el aula y en la escritura; ella simboliza a aquellos latinoamericanos que nos llegaron para hacernos crecer y para crecer ellos mismos en el estudio, en la creación, en la entrega como lo fueron Sergio Benvenuto, Miguel Abdala y Manuel Galich.

Cuando empezaron los estudios sobre la his­toria de América Latina en nuestra escuela hubo un reducido grupo que empezó a darle sentido, no como naciones aisladas sino como un todo interrelacionado. Como parte de ese grupo, des­tacado en las aulas por su modo de hacer y decir esa historia y a la vez como escritor prolífero de la historia más reciente de nuestra América, tam­bién recibe su condición de Profesor de Merito el Dr. Alberto Prieto Rozos.

Constantino Torres Fumero, esa vocación peda­gógica de nuestro claustro, cuya amplia experien­cia ha puesto siempre en función de nuestros estu­dios y de nuestros estudiantes al recibir el Profesor de Merito, también dignifica esta condición.

Todos ellos tienen más de 70 años, requisito burocrático; pero lo más importante es que han consagrado sus vidas a la enseñanza y la inves­tigación históricas y todos ellos, en materias di­ferentes, han inscrito en la historia de la carrera de Historia importantes aportes, con un gran sentido de pertenencia a nuestra universidad y a nuestra nación, aspecto que han caracterizado siempre a nuestro claustro.

Creo que en un día de rememoraciones, festejos y alegrías hay que unir a estos nombres el de otros dos Profesores de Mérito del área de Historia de nuestra Universidad. Me refiero a la Dra. Áurea Matilde Fernández y al Dr. Alejandro García, que, a pesar de sus edades, se mantienen activos en la docencia y en la ciencia. Otros dos nombre dan lustre al cuadro de nuestros Profesores de Mérito: los de los doctore Eusebio Leal Spengler y Juan Nuiry Sánchez.

Al rendir tributo de homenaje y reconocimien­to a nuestro Profesores de Mérito, al sentir vibrar de emoción el corazón todo y de todos, creo ne­cesario expresar que no es poco lo hecho, como también lo deshecho. Duras has sido las últimas décadas con pérdidas notables en varios terre­nos; lo más importante son los retos que tiene hoy el claustro de Historia de la nuestra y de todas las universidades cubanas. La historia a la altura de la más rigurosa historia universal; nuestra historia, la de Cuba, la de América La­tina, la de África, la del Caribe, exigen hoy un reanálisis con el mismo espíritu de la inicia­ción, pero también dejando a un lado la letra muerta.

Reciban los nuevos Profesores de Mérito con estas palabras el agradecimiento de alumnos y profesores por ser, por estar y por compartir. Reciban todos, profesores, trabajadores y estu­diantes, todos los que han vivido día a día el fra­gor de las aulas universitarias, la felicitación por nuestro medio siglo de exis­tencia y, con él, el estímulo para lograr, cada vez más, la carrera que debe estar a la altura de su tiempo. Muchas gracias.

1 Palabras pronunciadas el 21 de marzo del 2012, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, en el acto cen­tral por los cincuenta años de la creación de la carrera de Historia. La actividad estuvo presidida por el entonces mi­nistro de Educación Superior Miguel Díaz-Canel, el Histo­riador de la Ciudad Eusebio Leal Spengler, el presidente de la Casa de Altos Estudios Don Fernando Ortiz y de la Academia de la Historia, Eduardo Torres-Cuevas, la Pre­mio Nacional de Ciencias Sociales y fundadora de la carre­ra María del Carmen Barcia, el decano de la Facultad de Filosofía e Historia José Carlos Vázquez y el presidente de la Comisión por los festejos de este importante aconteci­miento Sergio Guerra Vilaboy. Por los galardonados hizo uso de la palabra la profesora María del Carmen Barcia; a nombre de todos los graduados de la carrera de Historia se dirigió al auditorio el Dr. Eusebio Leal.

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