EL PARTIDO REVOLUCIONARIO CUBANO, UN PARTIDO PARA LA REVOLUCIÓN

Articulo Divulgativo

Por: Francisca López Civeira*

Como es muy conocido, José Martí fundó el Partido Revolucionario Cubano (PRC) en 1892, y situó la fecha fundacional en un día simbóli­co para la Revolución de 1868: el 10 de abril, es decir, la Asamblea de Guáimaro. Con ese acto trascendente se daba cuerpo a la organización que debía preparar el nuevo período de guerra, desde bases programáticas esenciales —aunque quizás no totalmente explícitas en todas sus partes, pero sí en sus enunciados generales—, que anunciaban un cambio revolucionario en Cuba. En el criterio martiano, era indispensable pre­sentar los objetivos que guiaban el nuevo es­fuerzo; por supuesto, hasta donde era posible en aquellas circunstancias. Si bien era del criterio de que “En revolución, los métodos han de ser ca­llados; los fines, públicos”, no se puede olvidar que, en su conocida carta inconclusa a Manuel Mercado, explicó que “[…] hay cosas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin”. Dentro de esta lógica hay que analizar las Bases del Partido, que no por azar se llamó Revolucionario Cubano, lo cual es muy significativo, más aún en alguien como Mar­tí, que precisaba con mucho celo las denomina­ciones y adjetivos con vistas a trasmitir la idea. La Base primera establecía el fin más general y esencial: lograr la independencia de Cuba y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico; pero en las bases siguientes se presentaban los objetivos de las acciones que seguirían en la guerra y más allá, en la paz. Así tenemos: la realización de “una guerra generosa y breve” que asegurara en la paz y el trabajo la felicidad de los habitantes de la Isla; fundar en Cuba una nación que ase­gurara la dicha de sus hijos y cumpliera “en la vida histórica del continente, los deberes difíci­les que su situación geográfica le señala”; fun­dar un “pueblo nuevo y de sincera democracia”; preparar la guerra que se haría “para el decoro y bien de todos los cubanos”; fundar la patria “una, cordial y sagaz” que, desde la preparación, fuera disponiéndose para “salvarse de los peligros internos y externos que la amenacen” y crear un sistema de hacienda pública que abriera el país a la actividad de sus habitantes. La base séptima establecía que el PRC cuidaría de no atraerse “la male­volencia o suspicacia” de los pueblos con los que debían mantenerse relaciones cordiales, y en la octava se definían cinco propósitos: la unidad de los cubanos, con vistas a contribuir a un triunfo rápido y ayudar a la eficacia de las instituciones que se crearan y que debían “ir en germen” du­rante la guerra; propagar el espíritu y métodos de la revolución, allegar fondos para esa empre­sa y establecer con pueblos amigos relaciones que contribuyeran a acelerar la guerra y “la fun­dación de la nueva República indispensable al equilibrio americano”. Como puede observarse, Martí establecía ba­ses generales que implicaban transformaciones en la sociedad colonial cubana y perspectivas internacionales, que incluían los desafíos deri­vados de la posición geográfica de Cuba y los intereses que esta concitaba. La denominación de revolucionario ya planteaba una definición. En Martí este concepto no era sinónimo de gue­rra, como podía ser para otros, cuestión que había definido desde su temprana juventud cuando, durante su primer destierro a España, escribió acerca del cambio que implicaba una revolución para un pueblo. Sobre este asunto insistió en muchas otras ocasiones, sobre todo al constatar que el proceso independentista de América Latina no había transformado las es­tructuras coloniales. Desde esa experiencia, ha­bía definido durante su estancia en México, en 1875: Un pueblo no es independiente cuando ha sacudido las cadenas de sus amos, empieza a serlo cuando se ha sacudido de su ser los vicios de la vencida esclavitud, y para patria y vivir nuevos, alza e informa conceptos de vida radicalmente opuestos a la costumbre de servilismo pasado, a las memorias de de­bilidad y de lisonja que las dominaciones despóticas usan como elementos de domi­nio sobre los pueblos esclavos. Esta idea de revolución como transformación de la sociedad colonial desde sus bases fue una constante en Martí, que veía la necesidad de producirla en nuestros pueblos, lo que expresa con nitidez en su ensayo “Nuestra América”, publicado en 1891, al decir: “El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu” y, a continuación, expuso el remedio: “Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opre­sores”. Desde tales concepciones, Martí pro­yectaba la manera en que debía conducirse y concretarse la revolución en Cuba. En las “Bases”, Martí seguía el método de negar primero aquello que no se proponía el PRC, para después afirmar sus propósitos y, en la primera de esas bases, justamente establecía que el Partido “[…] no se propone perpetuar en la República Cu­bana, con formas nuevas o con alteraciones más aparentes que esenciales, el espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia”, de manera que ya anunciaba la intención de trans­formar la esencia de aquel régimen colonial. Dentro de la estrategia martiana, tuvo un lugar importante la fundación del periódico Patria un mes antes de la proclamación del Partido. Este fue un espacio para dar a conocer principios básicos que precedían a la fundación del órgano partidista, lo que se aprecia en su artículo “Nuestras ideas” cuando afirmó: “La guerra es un procedimiento político, y este procedimiento de la guerra es conveniente en Cuba”, a lo que siguió una defi­nición que estaría, con otra redacción, dentro de las Bases: “El cambio de mera forma no merecería el sacrificio a que nos aprestamos; ni bastaría una sola guerra para completar una revolución cuyo primer triunfo sólo diese por resultado la mudan­za de sitio de una autoridad injusta” y hablaba de defender “la política popular” y de levantar “[…] un pueblo real y de métodos nuevos, donde la vida emancipada, sin amenazar derecho alguno, goce en paz de todos”.8 Como puede apreciarse, Martí fue preparando la opinión para llegar a la proclamación del PRC; pero el proceso no se detenía en ese momento. Los Estatutos secretos normaban el funciona­ miento interno, el cual comprendía que el dele­gado y el tesorero debían rendir cuenta anual de su gestión, a la vez que la elección tenía también carácter anual. Es de destacar la denominación del máximo dirigente del Partido: delegado. Esta obedecía al criterio de que el pueblo “delega” su representación. A partir de la estructura creada, se trabajaría en las asociaciones o clubes de base y los cuerpos de consejo de cada localidad que integrarían el Partido. Si bien las bases programáticas hacían alusión a los deberes difíciles que imponía la situación geográfica de Cuba, en documentos posteriores Martí sería más explícito en la identificación del peligro que significaba la “república imperial” del norte de América, como lo hizo en “El tercer año del Partido Revolucionario Cu­bano” subtitulado “El alma de la Revolución y el deber de Cuba en América” publicado en Patria, el 17 de abril de 1894. El PRC había surgido con el propósito de sen­tar las bases para la revolución desde la prepara­ción de la guerra. En sus documentos fundacio­nales se plasmaban los fundamentos esenciales para la guerra y para la paz. Sin duda, Martí hizo un aporte fundamental a la concepción re­volucionaria de su tiempo, que se proyecta hacia el futuro.

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