El partido de la unidad

Articulo Divulgativo

Por: María Luisa García Moreno*

Aunque nunca había cesado de combatir por la independencia patria, a finales de 1891, se desprendió José Martí de otras responsabili­dades que lo ataban —como la representación diplomática en Nueva York de Argentina, Uruguay y Paraguay—.

A partir de entonces estaría totalmente listo para entregar hasta el último minuto de su abnegada vida a la causa libertaria. Esos esfuerzos se concretaron cuando, tras una ardua labor realizada por Martí y sus colabora­dores para levantar y organizar el patriotismo de las emigraciones, “A una misma hora, el día 10 de abril, se pusieron en pie todas las asociaciones cubanas y puertorriqueñas que mantienen fuera de Cuba y Puerto Rico la independencia de las Antillas, y todas proclamaron constituido por la voluntad popular […] el Partido Revolucionario Cubano, creado por las emigraciones unánimes con el fin de ordenar, con respecto a los intere­ses legítimos y a la voluntad del país, las fuerzas existentes y necesarias para establecer en él una república justa”.

Y la emoción brota en sus palabras cuando afirma que “[…] desde Tampa a los extremos de la América del Sur, las emigraciones cubanas, y con ellas la emigración puertorriqueña, congre­gan, al más humilde impulso, sus fuerzas traba­jadoras; examinan con juicio libérrimo las Bases en que se han de unir y los Estatutos con que se han de mover, de modo que la autoridad indis­pensable para la obra ejecutiva de la revolución se concilie con el alma republicana de donde toma su representación y vigor […]”; porque el Partido Revolucionario Cubano (PRC) es la obra mayor de José Martí y él lo sabía. Con el PRC había creado un instrumento único, capaz de lo­grar la unidad necesaria para conquistar la inde­pendencia y construir la república “con todos y para el bien de todos”.

Fue una verdadera pena —y permítaseme la di­gresión— que las ambiciones imperialistas, que bien previó Martí, hubieran encontrado en los erro­res y la división interna, que tras la heroica caída en combate de José Martí, permeó la dirección de la Revolución, así como en la actuación del nefasto don Tomás Estrada Palma —sucesor de Martí como delegado del PRC y representante del gobierno de la República de Cuba en Armas en el exterior, con­notado anexionista—terreno fértil para frustrar una labor tan cuidadosamente planeada por nuestro Héroe Nacional. José Martí definía que el propósito del PRC era “[…] poner la república sincera en la guerra, de modo que ya en la guerra vaya, e impere naturalmente, por poder incontrastable, después de la guerra […]”; porque está claro para él que la guerra es solo un medio para conquistar un objetivo y porque es necesario “[…] librar a las islas de los yerros y obstáculos, en ellas innecesarios, donde cayeron, y por algún tiempo pareció que pere­cerían, las repúblicas nuevas americanas […]”.

Aquí vuelve a aflorar el pensamiento estratégico desarrollado a partir del minucioso estudio de las guerras de su tiempo, entre ellas las contien­das libertarias de la América Latina, así como las repúblicas americanas y sus avatares, acerca de la necesidad de sacudir los vicios de la colonia en la república que se construyera. Y reitera el Maestro: “Para el servicio desinte­resado y heroico de la independencia de Cuba y Puerto Rico se funda, de arranque unánime y pro­pio el Partido Revolucionario Cubano […]”. Bien vale esta idea dos comentarios: “para el servicio desinteresado y heroico” de sus miembros y no para el lucro o beneficio personal: “Para la obra común se funda el partido, de las almas magná­nimas y limpias”; además, “de Cuba y Puerto Rico”, porque el PRC ambicionaba conquistar la independencia en ambas Antillas, las cuales cons­tituían los restos del otrora poderoso imperio es­pañol, y porque no puede olvidarse la labor de los líderes puertorriqueños.

Los sentimientos más puros afloran en la pala­bra martiana cuando afirma: “¡Bello es ver alzarse en una sola idea, de entusiasmo y prudencia a la vez, a un pueblo de orígenes diversos y composi­ción difícil, en la hora suprema en que se requie­ren juntamente la prudencia y el entusiasmo!” o “¡Bello es ver alzarse a una emigración defrauda­da, con la misma fe que la movió veinte años hace, antes de la esperanza vana y la credulidad ciega, a toda especie de abandono y sacrificio!”6 Dentro y fuera de Cuba hervían el entusiasmo revolucio­nario y la prudencia necesaria; pero, como luego precisaría en su carta inconclusa a Mercado, “en silencio ha tenido que ser”.7

Y una vez más, el llamado a la unidad, la decisión de esperar el momento adecuado y la seguridad de que serían elegidos los líderes más capaces para llevar a cabo la guerra necesaria y la fundación de la república: “[…] porque por la proclamación unánime y solemne el día 10 de Abril de todas las asociaciones cubanas y puertorriqueñas de fue­ra de las islas, sin excepción de una sola, saben ya Cuba y Puerto Rico que el Partido Revolucionario existe, con una organización en que se combinan la república democrática y la acción enérgica, para concertar con las islas el modo oportuno de fomen­tar y ayudar sin violencia ni premura la guerra incontrastable; para impedir, por cuantos medios aconseje la prudencia, que el enemigo logre su de­seo de sofocar el levantamiento general […] y para procurar que la fundación de la república no caiga en manos incapaces ni parciales”.8

El Partido Revolucionario Cubano, bajo la di­rección de José Martí, fue el partido de la unidad de la unidad necesaria para conquistar la inde­pendencia de España; pero podría haber sido el partido único que guiara la construcción de la república soñada.

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