EL LEVANTAMIENTO POPULAR DE CIENFUEGOS

Articulo Científico

Por Orlando Félix García Martínez

Cuando transcurrían las primeras horas del día 5 de septiembre de 1957, se reunieron Julio Cama­cho Aguilera; Dionisio San Román; Pedro Antonio Aragonés, Totico; Pedro Olascoaga, Pullín; Miguel Merino Márquez; Raúl Coll y el cabo Santiago Ríos, entre otros conjurados, para precisar detalles relativos a las acciones que tendrían lugar en Cien­fuegos.

Desde antes del amanecer, Pullín Olascoaga había garantizado parte de la movilización de los miembros del MR-26-7. En el Gremio de Carreto­neros y Camioneros de la calle Argüelles y Casa­les se fueron acuartelando José Gregorio Martínez, Bartolo Rivas Cedeño, Luis García Prado, Jesús Acevedo, Pedro Llorca, Paulino Díaz, Roberto Cantero, Gonzalo Curbelo, Ramón Mitjans, Jorge Chaviano, Ramón Castro, Jorge Gallardo y otros luchadores del grupo de acción de Olascoaga. En casa de Norma Acosta, en la calle La Mar y Cris­tina, concurrieron Luis Pérez Lozano y parte de la célula de Pedro Mesa Rebollar. Otro grupo se ubicó en la morada de María Corsés y Wilfredo Ocampo, ubicada en el Paseo del Prado y Campo­manes. En casa de Julio O’Bourke se acuartelaron Galo Tiel, Julio Carreras y otros integrantes de la célula encabezada por Tomas Toledo, Macín.

En esa labor se destacaron Efrén Margolles, Heriberto Zurbarán y Osvaldo Dorticós, quienes contactaron con Roberto y José Cabrera Barrios, Antonio Espino, Andrés Iser, Benito Castillo,

Oscar Curbelo, Diego Cabe­llo, Everardo Martínez, Rene Morejón, Jorge Menéndez, René Ponce de León, Jorge Gutiérrez y otros revolucionarios.

Poco antes del amanecer, Camacho Aguilera, Dionisio San Román, Aragonés, Merino y otros avanzaron hacia Cayo Loco en dos automóviles. Por su parte, los acuartelados en el Gremio de Carretoneros partieron caminando hacia el en­clave militar de la Marina de Guerra; más tarde avanzaron sobre dicha instalación naval los re­volucionarios apostados en las casa de Norma Acosta, María Corsés y Julio O’Bourke, entre otros lugares.

Todo transcurría sin contratiempos. A la hora prevista, los marinos encabezados por el cabo Santiago Ríos habían reducido el cuerpo de guardia y las postas de acceso al Distrito Naval del Sur. En la posta 1, fueron ubicados Alberto Cortés Expósito y Raúl Arquet Calaña. De in­mediato, facilitaron la entrada de Camacho, San Román, Aragonés, Merino, Osvaldo Acosta y Raúl Coll.

Poco después hicieron prisionero al coronel Comesañas y a otros oficiales fieles al dictador. Entonces a los marineros Alberto Enamorado y Laureano Carrillo les asignaron la tarea de cus­todiar la ametralladora calibre 50 que resguar­daba el puesto de mando. Los primeros del gru­po de Olascoaga entraron cuando la instalación estaba ya en manos rebeldes. A los miembros del MR-26-7 que iban arribando a Cayo Loco les adiestraban en el manejo de las armas el sargen­to Herrera y el cabo Gualberto Mederos.

Muchos marinos y clases que no formaban parte de la conspiración decidieron respaldar a Ríos y sus subordinados. Algunos de los in­corporados fueron: Luis F. Acea, Tomás Herre­ra Rodríguez, Héctor Pérez Llorca, Juan José Murga, Francisco Pérez Díaz y Antonio Calle. Oficiales ajenos al complot también se unieron a la acción revolucionaria, como el alférez José Ramón Quesada, el teniente Dimas Martínez Pa­dilla y el capitán del puerto Alejandro González Brito. Otros marinos jubilados o separados de ese cuerpo armado acudieron a Cayo Loco para apoyar a los rebeldes, entre ellos Pedro Guerra Avilés, Juan Pérez Rivas, José R. Mulet, Luis Alonso, Vicente Rumbaut y el viejo conspira­dor José Prado Díaz.

En el resto del país, las acciones no se produ-jeron como consecuencia de la decisión inconsul­ta, adoptada por los altos mandos de la Marina de Guerra comprometidos con el alzamiento, de posponer la sublevación. Ese aviso no llegó a los miembros del 26 de Julio, quienes se lanzaron a cumplir lo pactado pagando su cuota de sangre en las ciudades de Santa Clara y La Habana.

En Cienfuegos, la estación de policía cayó en manos de los revolucionarios alrededor de la 10:00 de la mañana. Durante el ataque, murió el sargento sublevado Gregorio Morgan y resultó herido Hernando Debray. Por entonces, el pue­blo cienfueguero se había lanzado a las calles en apoyo al alzamiento. Rápidamente las armas disponibles en instalaciones militares ocupadas por los revolucionarios se agotaron debido a la masiva incorporación popular.

Mientras una ciudad de la importancia de Cienfuegos estaba en manos de miembros del MR-26-7, marinos sublevados y el pueblo, el resto de la República permanecía en relativa calma. Las emisoras radiales mantenían su ha­bitual programación. Era el primer indicio del fracaso del levantamiento nacional. Tampoco los rebeldes recibieron señales de apoyo desde otras guarniciones militares. Eso provocó la salida desde Cayo Loco de Dionisio San Román, en el guardacostas 101, para tratar de hacer contacto con otras unidades navales; pero fue apresado antes de que pudiera cumplir su misión.

Pronto se iniciaría la heroica resistencia en la ciudad de Cienfuegos por parte de los miembros del 26, marinos y pueblo. Sobre la ciudad por­tuaria, la tiranía concentró todo su poder. Pri­mero fue la aviación, que ametralló con aviones B-26. Dos ametralladoras calibre 50, operadas por José Prado, Juan Fernández Cuadra y Lino del Valle, repelieron el ataque aéreo desde Cayo Loco. Casi simultáneamente entraron al par­que Martí las fuerzas del tercio táctico de Santa Clara, que fueron rechazadas inicialmente por algo más de un centenar de combatientes revo­lucionarios atrincherados en la Jefatura de la Po­licía, el Ayuntamiento, el café El Sol, el colegio San Lorenzo, el Palacio Ferrer y otros edificios aledaños al parque.

Los revolucionarios se hicieron fuertes en Cayo Loco y los alrededores del parque Martí. Los aviones F-47 y B-26 seguían ametrallando las posiciones rebeldes mientras tropas movili­zadas en La Habana y Matanzas avanzaban por la Carretera Central. Las tropas gubernamenta­les de Santa Clara consolidaron sus posiciones y hostigaron a los alzados mientras esperan la llegada de los refuerzos.

Las bajas entre los revolucionarios crecieron desde el mediodía. En Cayo Loco murió Arman­do Rosquete y resultaron heridos Everardo Mar­tínez y Bernabé Moré por el fuego de los aviones. También en un raid aéreo fue herido en los altos de la droguería La Cosmopolita el combatiente Roberto García Valdés. Mientras, los francotira­dores causaron la muerte a los valientes revolu­cionario José Gregorio Martínez y Juan Suárez del Villar en la azotea del colegio San Lorenzo. Igual suerte había corrido el combatiente Pastor Sust en los altos del cuartel de bomberos. Al me­diodía, era ya evidente para los revolucionarios el fracaso del plan de levantamiento nacional.

En los principales reductos insurgentes, el número de combatientes civiles y militares iba disminuyendo. Muchos, como Alberto López, Luis Aparicio, Francisco Mesa, Benito Casti­llo, José R. Cueto, Antonio Espino, Gilberto Oropesa, Roberto Cabrera, Gonzalo y Alfredo Curbelo, se retiraron al considerar fracasado el movimiento armado.

Desde Cayo Loco salieron grupos de rebeldes con ar­mas y pertrechos para refor­zar las posiciones en el parque Martí y la Policía Marítima, entre estos, el encabezado por Camacho, Aragonés y Merino. Pasado algún tiempo, el cabo Ríos llegó a las posiciones rebeldes en la estación de po­licía y, acompañado por Rigoberto Varona, Pa­blo Abreu y Juan F. Tejada, se trasladó a casa de Alejandro Suárez, para restablecer contactos con el mando de la sublevación. Más tarde se disper­saron.

Alrededor de las 3:00 p. m. fue recuperado por las fuerzas de la tiranía el Distrito Naval. Un número considerable de sublevados resultaron apresados en Cayo Loco, entre ellos, José Emilio Prado, Luis García, Armando Fragoso, Arturo Dorado y Ramón Hurtado, por solo citar algu­nos. El coronel Comesañas impuso su autoridad en la instalación naval. Por su parte, los coman­dantes Seijas y Ruiz Beltron reorganizaban sus efectivos para atacar las unidades todavía en manos rebeldes.

El cerco prosiguió estrechándose en torno al parque Martí y los edificios colindantes. La esta­ción de policía, el Ayuntamiento, el tostadero de café El Sol y el colegio San Lorenzo eran los prin­cipales bastiones de la resistencia popular. Hacia la zona de los muelles, en la estación de la Po­licía Marítima, el sargento Lapido, Luis Leyva, Jesús Brunet, Alfredo Curbelo, Luis Yánez, Al­fredo Ramos y demás combatientes respondían el fuego enemigo. Poco a poco la superioridad de las fuerzas del tirano fue reduciendo los focos rebeldes. El cerco de fuego y muerte se fue estre­chando alrededor de los revolucionarios con la llegada de tropas desde Matanzas y La Habana.

Cerca de las 5:00 de la tarde cesó la resisten­cia en la Policía Marítima; en la zona del parque Martí los combatientes apostados en la drogue­ría La Cosmopolita se retiraron paulatinamente de sus posiciones y burlaron la vigilancia ene­miga. Por su parte, Gilberto González y Andrés Urquiza trataron de mejorar sus posiciones en el tostadero de café El Sol; en el hotel La Unión, el ejército estableció un puesto de mando.

El asedio sobre la Jefatura de Policía se inten­sificó pasadas las 3:00 de la tarde. Desde este edificio, Francisco del Sol, Luis Pérez, Galo Tiel, Tomás Toledo, Juan Felino Cárdenas, Ramiro López, Julio O’Bourke, Al­berto Mora, Manuel Fraga, Arnaldo González Marrero, Fé­lix León, Ricardo Suárez y otros combatientes repelían los ataques ene­migos. El comandante Seijas encabezó un asalto sorpresivo sobre ese bastión rebelde, el cual fra­casó y le produjo la muerte.

Igual ocurría con el grupo de revolucionarios apostados en el colegio San Lorenzo al mando de Dimas Martínez, el teniente Quesada y Pedro Olascoaga. Ante el asedio y la carencia de pertre­chos, el pundonoroso alférez Martínez sugirió a los civiles que se retiraran del edificio para evi­tar que fueran hechos prisioneros y asesinados. Al joven miembro del MR-26-7 Ignacio Nualla Álvarez, quien combatía junto a su padre, se le encomendó organizar la salida del edificio, que se efectuó por la parte trasera mientras los dis­paros de Ríos Mayea y otros marinos sobre las posiciones enemigas los cubrían. Al anochecer, los últimos civiles y los marinos Manuel Murga, Rolando Cantero, el sargento Miranda y el ofi­cial Ramiro Ramírez Manresa lograron de nuevo romper el cerco de la tiranía, seguidos por el te­niente Quesada y el marino E. de la Cruz.

Por entonces, la fuerza blindada enviada des­de el campamento militar de Columbia reforza­ba las posiciones del ejército. Cerca de las 10:00 de la noche lograron quebrar la resistencia en la estación de policía, e irrumpieron disparando a todos. Allí fueron asesinadas nueve personas, incluida una mujer.

Casi terminando la noche del 5 de septiembre, el fuego nutrido de los cañones, ametralladoras y fusiles de las tropas del tirano anunciaban el asalto sobre el colegio San Lorenzo y, finalmen­te, el último bastión rebelde cayó en manos del enemigo. Dimas Martínez, Ángel Jardines y de­más combatientes fueron vilmente asesinados. La misma suerte correrían horas después, en el edificio del Ayuntamiento, los revolucionarios Luis Pérez, Galo Tiel y Tomás Toledo.

Durante al alzamiento popular del 5 de sep­tiembre de 1957 en Cienfuegos, 39 revoluciona­rios pagaron con sus vidas el heroico intento de hacer realidad el Programa del Moncada y los derechos ciudadanos recogidos en la Constitu­ción de 1940; en La Habana y Santa Clara fueron abatidos otros miembros del M-26-7, cinco y tres respectivamente.

A 65 años de aquellos hechos, el ejemplo de to­dos los que combatieron y la sangre vertida por los héroes caídos permanecen en la memoria del pueblo.

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