El elegido*

Articulo Divulgativo Historia

Por Freddy Pérez Cabrera**

Cuando Fidel debió decidir quién lo secundaría al frente de las acciones del 26 de Julio de 1953 y, en caso de que él cayera, pudiera darle continui­dad al proceso, no dudó un instante en seleccio­nar al joven de apenas 26 años, Abel Santamaría Cuadrado, al que, con justicia, consideraba como “el alma del Movimiento”.

Y es que, como luego escribiría Silvio Rodríguez en memorable canción, no se trataba de un hombre común, sino de un ser de otro mundo, de un ani­mal de galaxia que comprendió que la guerra era la paz del futuro, que lo más terrible se aprende enseguida, y lo hermoso nos cuesta la vida.

Por eso, aquella madrugada, ya a punto de partir hacia el Moncada, cuando el líder de la Revolución distribuyó sus tropas y colocó en los lugares de mayor complejidad a los más ca­paces y más temarios, trató de proteger a Abel, enviándolo a ocupar el hospital civil Saturnino Lora, decisión que para nada agradó al joven en­crucijadense, por lo cual protestó ante el jefe de la acción: “Yo no voy al hospital —le dijo—, al hospital que vayan las mujeres y el médico, yo tengo que pelear si hay pelea, que otros pasen los discos y repartan las proclamas”.

Fidel ripostó con energía: “Tú tienes que ir al hospital civil, Abel, porque yo te lo ordeno; vas tú porque yo soy el jefe y tengo que ir al frente de los hombres; tú eres el segundo, yo posiblemen­te no voy a regresar con vida”.

Ante la orden, Abel respondió: “No vamos a ha­cer como hizo Martí, ir tú al lugar más peligroso e inmolarte cuando más falta haces a todos”.

Es entonces cuando Fidel, comprendiendo la preocupación del segundo jefe de la acción, le puso las manos sobre los hombros y, persuasivo, le dijo: “Yo voy al cuartel y tú vas al hospital, porque tú eres el alma de este movimiento, y si yo muero tú me reemplazarás”. Tal era la con­fianza del jefe en su amigo.

Años más tarde, su hermana Haydée contaba que “[…] el único deseo de Abel era que Fidel viviera, porque él sabía que, con Fidel, se hacía la Revolución. Abel nunca se planteó vivir él, y él era la vida misma”, afirmaba Yeyé.

Una relación de hermanos

Cuando Abel Santamaría fue para La Habana, ya llevaba consigo una formación cívica ejem­plar que habían sembrado en él sus padres, y maestros de la talla de Matilde Borroto y Eusebio Lima, quienes diseminaron en el Polaco, como lo llamaban en su natal Encrucijada, las semillas del descontento ante lo mal hecho y su enfrenta­miento consecuente a las injusticias.

Una muestra de la radicalización de su pensa­miento ocurrió el 17 de marzo de 1952 —apenas siete días después del golpe de Estado de Ful­gencio Batista—, cuando estando ya en la capital, envió una carta a José Pardo Llada, por entonces vocero del Partido Ortodoxo y periodista radial, en la que señala: “La inactividad nos consume… Bas­ta ya de pronunciamientos estériles, sin objeti­vos determinados. Una revolución no se hace en un día, pero se comienza en un segundo. Hora es ya: todo está de nuestra parte, por qué vamos a despreciarlo”.

Ideas como esas fueron las que propiciaron su comunión con el pensamiento de Fidel, desde que se conocieron, el 1.o de mayo de 1952, en el cementerio de Colón; a partir de entonces, los je­fes que encabezarían las futuras acciones del 26 de Julio serían uno solo.

“¡Yeyé, Yeyé!”, le dijo Abel a su hermana Hay-dée: “He conocido al hombre que cambiará los destinos de Cuba! ¡Se llama Fidel y es Martí en persona!”.

Tal llegó a ser la confianza entre ambos, que Abel era la única persona que sabía con certeza en qué andaba Fidel Castro, antes de las acciones que condujeron al ataque a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.

Desde un inicio, ambos líderes convinieron en que la acción se llevara a cabo en Oriente, porque las páginas más heroicas de la historia de Cuba se habían escrito allí.

Solo un santiaguero, Renato Guitart, colaboró en el plan, aunque no fue hasta la víspera del día del ataque que supo realmente cuál era el objetivo.

Ernesto Tizol, un presunto criador de pollos, alquiló una vieja residencia campestre en el ca­mino que conduce a la playa Siboney, a unos 15 minutos del centro urbano de Santiago de Cuba, y a dos kilómetros de las primeras estribaciones de la Sierra Maestra.

Al segundo mes de la estancia de Tizol en San­tiago de Cuba, arribó a ese lugar un supuesto co­laborador, quien compartiría las labores con él: Abel Santamaría Cuadrado. Venía acompañado de una mujer —presuntamente su esposa—, en realidad, su hermana Haydee.

A partir de ese instante, la actividad en la finca fue febril. La explicación acordada para posibles curiosos era sencilla: se preparaban para recibir a grupos de amigos que vendrían de La Habana con el propósito de participar en las fiestas los días 24, 25 y 26 de julio.

A las diez en punto del 25, llegó Fidel a la gran­ja y se dispuso al instante para hablar a la bisoña tropa, a la que dijo, entre otras cosas: “Si vencen mañana, se hará más pronto lo que aspiró Martí; si ocurriera lo contrario, el gesto servirá de ejem­plo al pueblo de Cuba, y de ese propio pueblo saldrán otros jóvenes dispuestos a morir por Cuba, a tomar la bandera y seguir adelante”.

También Abel arengó a los combatientes: “La historia lo registrará y nuestra disposición de morir por la Patria será imitada por todos los jó­venes de Cuba, nuestro ejemplo merece el sacri­ficio y mitiga el dolor que podemos causarles a por la Patria es vivir!”.

Después, los combatientes del 26 de Julio se dispusieron a descansar unas horas, mientras Fidel, Abel, Raúl Castro y un reducido número de ellos sacaban las armas depositadas en el pro­fundo pozo de la granja, para distribuirlas, ade­más de repartir los grados y organizar el número de personas que debía ir en cada máquina.

Cerca de las 3:00 a. m., tras regresar de un nue­vo viaje a la ciudad, Fidel despertó a la tropa y les dijo: “Ya conocen ustedes el objetivo. El plan sin duda alguna es peligroso, y todo el que salga conmigo debe hacerlo por su voluntad. Aún es­tán a tiempo para decidirse. De todos modos al­gunos tendrán que quedarse por falta de armas. Los que estén determinados a ir den un paso al frente”.

Todos, absolutamente todos, mostraron la de­cisión de marchar al peligro.

Mientras el galeno y las dos mujeres marcha­ban del hospital al cuartel, por la Avenida de las Enfermeras, los custodios dejaron que Mario Muñoz se adelantara unos veinte pasos y, gri­tando “¡Disparen que huyen!”, asesinaron al mé­dico del Moncada.

Abel fue llevado con los demás a los calabo­zos, lo interrogaron y torturaron; pero de sus labios no salió una palabra que pudiera compro­meter a sus compañeros, ni dio una pista sobre el jefe del Movimiento. Le sacaron los ojos, se los mostraron a su hermana para que hablara. Ella les respondió a los criminales que si él no había hablado, ella tampoco lo haría.

Con solo 26 años, la tiranía apagó la vida de quien fue calificado por Fidel, durante el juicio del Moncada, como “el más generoso, querido e intrépido de nuestros jóvenes, cuya gloriosa resis­tencia lo inmortaliza ante la historia de Cuba”.

La resistencia del “más generoso, querido e intrépido de nuestros jóvenes”

Momentos antes de que los primeros autos irrumpieran en el Moncada, Abel, el doctor Ma­rio Muñoz Monroy, Julio Trigo, Melba Hernán­dez, Haydée y algunos jóvenes más entraron en el hospital.

Abel, que iba vestido de militar, sostuvo una rápida conversación con el policía que guardaba la entrada principal del hospital, a quien expli­có que no era el Ejército, sino el pueblo el que iba a ocupar el hospital. Tan pronto estuvieron dentro de la institución sanitaria comenzaron a escucharse disparos en el cuartel, lo cual hizo pensar a Abel que algo había fallado, y que de­bían combatir.

Ante el fracaso, muy pronto comenzaron a lle­gar los primeros combatientes al Saturnino Lora, en busca de protección. Tras ellos, en su persecu­ción, entraron miembros de la Policía y del Ejér­cito. Los revolucionarios, que se habían ocultado en las camas de los enfermos, fueron delatados y uno a uno fueron sacados a culatazos y patadas. Mas, faltaban las mujeres, por lo cual el chivato insistió a los soldados en que estaban en la sala de los niños.

“Esas —dijo señalando a Melba y a Haydée— no son enfermeras ni madres, esas vinieron con ellos, y también aquel disfrazado de médico”, in­dicando para el doctor Muñoz.

Mientras el galeno y las dos mujeres marcha­ban del hospital al cuartel, por la Avenida de las Enfermeras, los custodios dejaron que Mario Muñoz se adelantara unos veinte pasos y, gri­tando “¡Disparen que huyen!”, asesinaron al mé­dico del Moncada.

Abel fue llevado con los demás a los calabo­zos, lo interrogaron y torturaron; pero de sus labios no salió una palabra que pudiera compro­meter a sus compañeros, ni dio una pista sobre el jefe del Movimiento. Le sacaron los ojos, se los mostraron a su hermana para que hablara. Ella les respondió a los criminales que si él no había hablado, ella tampoco lo haría.

Con solo 26 años, la tiranía apagó la vida de quien fue calificado por Fidel, durante el juicio del Moncada, como “el más generoso, querido e intrépido de nuestros jóvenes, cuya gloriosa resis­tencia lo inmortaliza ante la historia de Cuba”.

* Tomado de Granma, 19 de octubre del 2022.

** Periodista.

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