El duro precio de la independencia

Articulo Científico Historia

Envueltas en llamas debieron ver sus casas, propiedades, pertenencias y hasta sus más preciados recuerdos, aquel 12 de enero de 1869, los bayameses, quienes miraron hacia atrás mientras buscaban refugio presuroso en la cercana manigua, ya irredenta desde el octubre 10 de octubre del año anterior. La decisión tomada por los patriotas de la villa había sido unánime: antes que entregarla a los españoles, Bayamo debía arder hasta los cimientos. Deshecha antes de volver a ser esclava, debió ser el pensamiento de todos aquellos que votaron a favor del incendio de la ciudad. Al frente de 2700 hombres avanzaba el general Blas Villate de la Hera, conde de Valmaseda,1 con la misión de tomar la urbe, capital de los independentistas desde el 20 de octubre del año anterior. La segunda derrota de los patriotas cubanos en la Guerra de los Diez Años, contando el fracasado ataque a Yara, había tenido lugar en el río Salado, donde las fuerzas de Donato Mármol Tamayo, enviadas a detener la marcha de Valmaseda, habían sido superadas y vencidas debido a una confluencia nefasta de malas decisiones tácticas y la aplastante superioridad numérica del general hispano. A pesar de que los cubanos continuaron hostilizando la columna enemiga, con la derrota del Salado, el camino hacia Bayamo quedaba abierto para los representantes del colonialismo. La noticia del revés no tardó en llegar y, naturalmente, causó un profundo desasosiego entre los patriotas. Carlos M. de Céspedes y del Castillo y Francisco V. Aguilera Tamayo, en ese momento se encontraban fuera de la ciudad y solo Pedro Figueredo Cisneros, Perucho, junto a una pequeña fuerza y las autoridades civiles, se encontraban en la urbe para resguardarla. El autor del que luego sería conocido como “Himno de Bayamo” rápidamente convocó a una reunión, donde fue tomada la decisión de incendiar la ciudad. Señala José Maceo Verdecia que fue el gobernador de Bayamo Joaquín Acosta, quien realizó la propuesta: “Bayameses, ante la desgracia que palpamos y los horrores que se avecinan, solo hay una resolución: ¡Prendámosle fuego al pueblo! ¡Que las cenizas de nuestros hogares le digan al mundo de la firmeza de nuestra resolución de libertarnos de la tiranía de España! ¡Que arda la ciudad antes de someterla de nuevo al yugo del tirano!”2 Así, con la sencillez del heroísmo, quedó tomada la rebelde decisión. Relata también Maceo Verdecia que un grupo de damas, esposas todas de comerciantes y oficiales españoles, solicitaron una audiencia al gobernador y general Acosta, para rogarle que no adoptara tal medida. Este, con suma cortesía, les señaló que se trataba de un acuerdo tomado por los patriotas y que no tenía vuelta atrás; ante ello, las señoras ofrecieron al cubano 30 onzas cada una para que abortara la orden, a lo que respondió el general independentista: “Señoras: la entrevista que os he concedido ha terminado. Retornad a vuestros hogares y esperad en ellos mi respuesta”.3 Cumplió su palabra al poco tiempo: Bayamo ardía. Al llegar los colonialistas, la ciudad humeante se encontraba completamente desolada. El jefe de sección de artillería de las fuerzas españolas, anotó el día 15 en el diario de operaciones: “A las 9 de la mañana se puso en marcha la columna hacia Bayamo, a cuyo punto se llegó á las 12 del día, encontrándolo hecho un montón de ruinas por haberlo quemado y abandonado los insurrectos. Tuvo la columna que acampar en las afueras, al raso, y orilla del Río”.4 El incendio de Bayamo tuvo diversas consecuencias.

En lo político, y directamente para el desarrollo de la contienda, debilitó el prestigio de Carlos Manuel de Céspedes frente a los orientales, entre los que hubo quienes comenzaron a cuestionar la autoridad del iniciador de la guerra, como quedó evidenciado en el intento de derrocar al manzanillero en Tacajó. Además, fue este Céspedes políticamente debilitado, quien encabezó el grupo oriental que se sentó a deliberar sobre el futuro de la revolución en Guáimaro, y cuyas propuestas fueron desestimadas por camagüeyanos y villareños casi en su totalidad. Sin embargo, desde el punto de vista moral, quedó sembrado en la tradición histórica e independentista cubana el ejemplo de rebeldía, la decisión patriótica de sacrificar hasta lo más sagrado por la soberanía de la Isla. Ese día de enero de 1869, los españoles y el mundo comprendieron que los cubanos estaban dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias por obtener la libertad de su patria, que alcanzarían luego de diez, treinta años o un siglo de dura lucha, y que una vez alcanzada, ya no se la dejarían arrebatar jamás.

1 José Maceo Verdecia: Bayamo, Ediciones Bayamo, Granma,2015, p. 213.
2 Ibidem, pp. 215-216.
3 Ibidem, p. 219.
4 Rolando Rodríguez: Cuba: la forja de una nación. Despunte y epopeya, t. 1, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2005, pp. 233-234.

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