CARTA DE UNA ESCRITORA ESPAÑOLA A LA MADRE DEL HÉROE CUBANO CAMILO CIENFUEGOS*

Articulo Científico

Por Luis Suardíaz

Poeta y periodista cubano, ya fallecido.

La escritora española María Teresa León (Logro­ño, 1902-Madrid, 1988), esposa y compañera de luchas del excepcional poeta de la generación de 1927, Rafael Alberti, brilló con luz propia como narradora, dramaturga, actriz, periodista, guio­nista de cine y de programas radiales. Junto a Rafael militó desde 1930 en el Partido Comunis­ta español y durante la Guerra Civil desempeñó numerosas funciones en la defensa de la repúbli­ca traicionada y en la protección del arte penin­sular de todos los tiempos. Finalizada en 1939 la trágica contienda, ambos se acogieron al exilio que les ofreció la Argentina, donde realizaron una labor encomiable, sin flaquear en sus con­vicciones políticas.

En Cuba se publicó por la Editora Abril en 1999 su estupendo libro Memoria de la melancolía. La editorial Gente Nueva publicará el próximo año su novela biográfica Cervantes, el soldado que nos enseñó a hablar —acaba de ser editada por la Uni­versidad de Alcalá de Henares, precedida por un documentado estudio biográfico acerca de la autora, realizado por Benjamín Prado—, con prólogo de Fina García Marruz.

En unión de Rafael, María Teresa nos visitó en 1935 y 1960. Fue en la segunda ocasión cuando conoció a Emilia Gorriarán, la admirable madre de Camilo, lo que motivó la carta que su hija Ai­tana Alberti gentilmente nos hace llegar y que su hermano Gonzalo de Sebastian halló en un cua­derno que él conserva con estos y otros textos de la destacada intelectual.

Inédita hasta hoy, no sabemos si llegó a manos de Emilia Gorriarán esta carta, merecedora de va­rias lecturas, tierna y emotiva, que exalta el papel de la mujer más allá de lo cotidiano, de la madre capaz de comprender el sacrificio de sus hijos en el oleaje de la revolución social, y de la dignidad de la España peregrina, mas no ha perdido vigencia y nos honra en darla a conocer en ocasión de este nuevo aniversario de la desaparición del legenda­rio, inolvidable, comandante Camilo Cienfuegos.

* En octubre del 2004, Suardíaz escribió esta breve nota de presentación a una carta, cuyo borrador, conservado en una vieja libreta, reproducimos, y que la escritora españo­la María Teresa León dirigió a la madre de Camilo en 1960.

CARTA A UNA MADRE ESPAÑOLA

La carta es para Ud., madre de Camilo Cienfue­gos, héroe de Cuba. No voy a hablarle de su hijo, hoy su nombre en tantos lugares de la Isla como una jaculatoria de heroísmo, voy a hablarle de Ud. que perdió su nombre de soltera al casarse y su nombre de casada al cambiarlo por el de: es la madre de Camilo Cienfuegos.

La vi por primera vez en la Casa de la Cultura. Se habían reunido las mujeres no para tomar amablemente sus de­cisiones que ya fueron tomadas en las reuniones de Chile y de La Habana, sino para hablar, para mirarnos y en vez de la rueca antigua tener en la mano una copa con una bebida que jamás se bebe.

Servía todo ello para darnos felicidad al encontrarnos y valor porque estábamos solas en la casa esperando al marido, silenciosas y per­didas en una angustia trasmitida de generación en generación; habíamos roto la soledad en el beneficio común.

Todas sabíamos que la mitad del mundo, qué digo, más de la mitad responde a nombres de mujeres, son los ejércitos pasivos, las hacedoras de hijos, el lujo juvenil de una ma­ñana primaveral. Alguien murmuró junto a mí para que atendiera a una mujer que entraba: era la madre de Camilo Cienfuegos y yo, tonta de mí, no la veía entre las cabezas de las invitadas, porque estaba oculta por un enorme campo lle­no de obras en sus comienzos.

Edificios a medio construir, montones de piedras, vigas, bolsas de cemento, pistas y caminos recientes. Las monta­ñas como fondo limpio de aquella hazaña cívica y los soldados paseando entre aquel proyecto enorme, descansando del alegre cansancio de construir la ciudad Camilo Cienfuegos para los hijos de los campesinos de la Sierra Maestra. La cabeza de madre tomó de pronto una proporción [ilegible].

Se me desvanecieron las palabras y me quedé frente a frente de una mujer española con los ojos muy recios bordeados de tibio rosa que dejan las muchas lágrimas. No supe hablar. Du­rante un momento tomé con reverencia sus ma­nos. Ni supe cómo era el pelo gris y tirante, el pe­cho erguido, los hombros cansados. Sé que todas las agonías las ha sentido en el corazón empeña­do en latir. Yo que siento que aún conservo una palpitación última para sostener su esperanza.

Sí, Camilo volverá un día cualquiera con su bar­ba de héroe del monte y me gritará: Madre. Ma­dre y no mamá, porque los padres santanderinos de España tienen hablares secos, formales. Ma­dre, para que la palabra resuene entre los dientes en la lengua pura y hermosa. Casi lo oí ¡Madre! y una fila infinita de madres escuchaban la lla­mada de sus hijos valientes, unos, muertos durante los días amargos, otros duran­te las horas sin fin de la Sierra Maestra, otros cuando se abrieron los frentes de batalla por la libertad.

Volví a ale­jarme de usted, de su mano, pues al estrecharse con la mía yo noté dentro una mano infantil; no, no era la de su hijo Camilo antes de ser héroe de Cuba, era la de los niños que tomaron la mía en la ciudad de la Sierra Maestra. Miles de niños hijos todos de usted y de todas las mujeres cuba­nas, miles y miles de niños de guajiros montañe­ses que ahora bajaban hasta la ciudad que lleva el nombre de Camilo Cienfuegos para inaugurar la estirpe de los libres de Cuba. Yo casi no po­día hablarle. Yo no sé si Ud. lo notó.

Nos rodea­ban mujeres españolas residentes en La Habana. Hay muchas. Casi todos los hombres enérgicos de esta isla de Cuba son hijos de españoles. La cuna de Cienfuegos fue Santander, el linaje de Fidel Castro, Galicia. Y no sé de donde, castella­no, tal vez, el de Núñez Giménez [sic]. Algunas de estas mujeres españolas eran amigas nuevas, otras como viejas amigas del tiempo de la gue­rra de España. Me habían dicho: La madre de Camilo Cienfuegos nos ayuda mucho, trabaja con nosotros. ¡Ay, estos trabajos de las mujeres españolas desde hace veinte años, siempre los mismos! Y usted, señora, con su santa paciencia, usted que se ha quedado junto a su marido en la verdadera orfandad de un héroe, va de casa en tienda suplicando por los presos de España para aliviarles los pobres huesos con algo, para tapar­les sus dolores de abandonados.

¿Y quién puede resistir su voz tan tenue que lleva en sí el eco de tantos dolores? Y yo sé que vuelve usted con las manos vacías y sentí ganas de inclinarme y de besarlas en nombre de los de allá y de las mu­jeres de acá, las que vivimos un destierro largo en años y esperanzas. No lo hice entonces por tí­mida. Había muchas mujeres exaltadas de liber­tad, colmadas de planes para su hermoso país, del que yo dije que se curvaba como una hoja de otoño en el mar Caribe y ahora he de decir que es una hoja de primavera.

No, no le besé a Ud. la mano, pero lo hago hoy respetuosamente. ¿Me recuerda usted? Yo no podré olvidarla jamás. Dicen que a veces los símbolos son la síntesis sa­grada de algo que los hombres admiran o creen o esperan. Déjeme, señora, dejarla en el cielo de los símbolos que correspon­dan a las madres de España y asegurarle que si alguna vez se cierra el ciclo de muertos, sus su­frimientos, con una victoria sobre una cárcel destruida, elevaremos a la madre cubana una escuela para nuestros niños y llevará este nombre: Madre de Camilo Cienfuegos.

Y todos sabrán que usted fue pidiendo por los presos de España por las calles habaneras mientras lleva dentro de su corazón a su propio hijo muerto. Esa es la verdadera fraternidad hispanoamericana.

Gracias, señora. María Teresa León, Buenos Aires, 1960

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